miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ignacio Hernández Calviche


La barra de un bar, si se sabe estar en ella, puede ser una especie de escuela donde la amistad se forja; eso sí, hay que saber estar.

A Ignacio Hernández, joven hombre afable, amable y admirable, lo conocí en el Gran Vía, pequeña y coqueta cafetería-bar, donde el fútbol es algo sagrado y la amistad, un sacramento. Este buen columnista de La Opinión de Málaga, donde todos los miércoles tiene una cita, sabe estar, escuchar, callar, hablar y sentir; por todo ello, en su persona se conjuga con gran facilidad el verbo amar.

Perfecto comunicador, esa es su profesión durante más de diez horas diaria, posee una innata virtud para ser querido, sin tener que esforzarse demasiado, por los que le rodean. Además de todo lo anterior, sabe abrazar y besar a los amigos, pero esencialmente es un maestro a la hora de penetrar en el alma del otro y compartir con él ese sentimiento tan extraño al que se le conoce con el nombre de dolor, ay el dolor, ese invisible abatimiento que nos fortalece si se sabe compartido.

Su eterna sonrisa y convicción religiosa, por cierto que no presume de ella, es capaz de acortar la distancia entre emisor y receptor. Abierto, locuaz y malagueño hasta la médula es el “cliente” más querido y esperado en el Gran Vía. En fin, para no pecar de pesado, afirmo que lo quiero en la serenidad de saber que tengo un amigo con el que es sumamente fácil entenderse y, tal vez, discrepar en alguna ocasión.

A qué viene esta alabanza que estoy realizando de su persona; pues sencillamente a su sensibilidad a flor del piel.

Saben que mil última columna, titulada a “A Manuel Ruiz, amigo”, la he dejado “colgada” un par de días en el periódico que escribo, y la he dejado una eternidad -dos días dan para mucho- para comprobar si otros amigos míos, que se vanaglorian de ello, giraban su vista a mí con un guiño de complicidad, un telefonazo o un pequeño comentario. Pues bien, nada de nada, me he tragado solo el dolor de la muerte de un amigo.

Ignacio, no; Ignacio en su columna de hoy miércoles ha finalizado su artículo con un giro inesperado, un pellizco de gracia divina, un retorcer el lenguaje, con un recuerdo a quien no conoció. Y así terminaba su columna de hoy: “Mi sentimiento a Manuel Ruiz, persona que supo mirar”

Ignacio, gracias de parte de él, de Manuel, porque lo has definido mejor que nadie. Que Dios te lo pague a su manera, yo lo haré con un güisqui.

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