miércoles, 23 de noviembre de 2011

Hoy he sido feliz


No es poca cosa la afirmación del título de este artículo, pero es verdad y por ello deseo transmitirlo a mis amigos y amigas de facebook, y a todos aquellos que deseen compartir conmigo ese instante que hoy, esa felicidad, ha durado más de siete benditas horas.

Explicar el principio supone una cierta complejidad. Verán ustedes, tenía hoy, por ayer, un recital poético en Alameda, una pequeña localidad malagueña. Lo complejo es explicar que existe una cierta descoordinación entre mi cerebro y mis pies, o sea, que no siempre las órdenes que envío a los dátiles inferiores llevan el circuito adecuado; algún día explicaré el problema. De manera que, no fiándome de mí, pedí a un amigo del Gran Vía, ya saben ese sagrado bar donde transcurre buena parte de mi día, que, si era factible, me llevase al lugar donde el poeta José María Hinojosa vivió su adolescencia y juventud. Ninguna pega por Manolo, bético al por mayor y un servidor de ustedes, sevillista, a pesar del desastre que ambos padecemos.

Los setenta kilómetros de ida transcurrieron con tanta rapidez que, sin ir embalados, estábamos en la villa citada en un santiamén. Y todo, porque la conversación, más que amena, yo diría asombrosa por su diversidad, nos deleitó mientras atravesamos la vega de Antequera.

En la Biblioteca Municipal nos esperaba un nutrido grupo de mujeres y un par de hombres ansiosos de escuchar la humilde poesía del que escribe estas líneas bien avanzada la noche, pues ya estoy en el hoy, o sea, en el 23 de noviembre. Por qué será, me pregunto, que interesa más a las mujeres que a los machos esto de los orondos octosílabos, los finos heptasílabos y los musicales endecasílabos. No tengo respuesta, pero algún día, queridas Magda, Ana, Lola, María St, Gioconda y demás encontraré la respuesta; no dudéis, pues la encontraré.

Qué deciros, para un poeta no hay nada más apetecible que encontrar un público receptor. Y leí de todo, a saber, prosa poética y pura poesía musical. Para mí, o sea, para casi nadie, al final una señora me pidió que repitiese una soleá que había leído. No lo dudé un instante: “Para jornales de hambre/ los tiempos que yo me paso/ sin los besos de mi madre”

La vuelta, con estación obligatoria en el Gran Vía, os lo podéis suponer: que si una cerveza, algo de jamón, una pizca de queso, una menudencia de salchichón, un güisqui, otro más; y todo ello sin intrusos de por medio, a saber, un tal Rajoy o un Alfredo P.

Va por vosotros y vosotras, al resto que le den.

www.josegarciaperez.es
www.papel-literario.com

4 comentarios:

  1. ¡Felicidades por esas siete horas y pico de felicidad!

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  2. ¡Así se hace!Esa felicidad me ha calado...

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  3. Veo, oh Salva del firmamento, que ya picas de vez en cuando el copo nuestro de cada día. Qué alegría. Algún día, tal vez pueda ser hoy, hablaremos de Spica, Altair.. Beso

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  4. Y a ti Magda, gracias por tus detalles en forma de comentarios, por insuflar, aunque no lo creas, cierta esperanza en un anciano que no deja de querer ser joven; cosa peligrosa. Besos, dos.

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