jueves, 10 de noviembre de 2011

El "leproso" Zapatero


A mí, el presidente Zapatero puede agradarme bastante, poco o nada. Me gustó muchísimo su gesto de retirar las tropas de Irak, aunque pasado el tiempo nunca he llegado a comprender que aquel pacifismo se convirtiera en belicista cuando nos ha metido en el fregado de Afganistán y Libia, a no ser que el toque de retirada fuese por puro afán electoralista.

Todo lo referente a leyes como la prohibición del tabaco, la llamada de Igualdad, los pactos a diestro y siniestro, el estatuto de Catalunya pactado en un despacho con nocturnidad, la abolición porque sí de la Ley de Calidad Educativa sin saber si servía para algo y un sinfín de decretos y normas tuvieron claroscuros discutibles.

Contemplé la atrocidad de permitir el aborto de una adolescente sin permiso de los padres; nunca comprendí su negación de la crisis económica para, años después, meter en el congelador a los indefensos jubilados; y siempre abominé de él por la cantidad de ineptos e ineptas que colocó en el gobierno de la nación española.

Con los tres párrafos anteriores, quiero decir que aplaudí algunas de sus políticas; quedé sorprendido, no gratamente, con otras; y me di totalmente por vencido en la gestión de la crisis económica. Nada le debo; en todo caso, él me debe aunque ya nunca pagará la deuda que contrajo conmigo.

Dicho esto, me sorprende que sus compañeros y compañeras del PSOE no lo nombren, no reivindiquen algunos de sus aciertos y no lo llamen a ningún mitin de campaña, mientras echan mano del millonario Felipe González.

Da la sensación que José Luis Rodríguez Zapatero se ha convertido en un apestado para los Rubalcaba, Chaves, Leire, Bibiana, Trinidad, Blanco, Jáuregui, etc.; perdonen ustedes, más que en un apestado en un pobre hombre enfermo de lepra del que hay que huir para no ser contagiado por dicha enfermedad.

Un servidor, aséptico a toda clase de políticos, no llega a entender, ni por asomo, como todos aquellos y aquellas que tanto le deben abjuren de su nombre, de la política que compartieron con él y de la lealtad al amigo.

Me da pena, no tanto de él, sino de todos los gañanes que se agazaparon bajo el paraguas de su poder.

www.josegarciaperez.es
www.papel-literario.com

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