miércoles, 26 de octubre de 2011

Tener que existir


“Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida”, escribe Pessoa.

Se despierta uno del sueño profundo de la noche furtiva y, aunque amanece, sigue siendo noche en el futuro inmediato que amenaza. Es lo que llamo el “siempreigual”, o sea, esa sensación de que las manecillas del reloj, esas que nunca consigo invertir para que el tiempo sea otro, van a seguir ese ritmo lento y pesado del ayer.

Las más de las veces bajo sólo en el ascensor, hecho que prefiero a bajar desacompañado con el acompañamiento de un vecino del que no sé nada de su intimidad, por supuesto, quiero creer, que a él le ocurre exactamente igual con respecto a mi nimiedad.

Cada día, aunque no, pesa más la puerta del bloque y bucear a la izquierda buscando la esquina de calle Peso de la Harina donde el frutero, cerrajero, el pequeño comercio de quincallas y el inmutable chino, siempre frente a un maldito ordenador, esperan la llegada de la clientela con la misma paciencia con la que esperan siempre.

Los observo y me observo, y caigo en la cuenta de que todos, incluido yo, tenemos marchitas las órbitas de nuestros ojos buscando algo más, no sé muy bien qué, pero algo más. A partir de ese instante de reconocerme en el día anterior, intento que el asombro anide por un instante mi ser; pero no lo consigo porque todo se repite al milímetro.

Y de esa simplona forma, voy tirando de mi existencia, a la que algunos estúpidos llaman vida, hasta encontrarme abocado a penetrar el dintel de la taberna, lugar extraño donde la existencia se lleva mejor porque, sencillamente, no se piensa en ella.

Claro es que siempre aparece un redentor que fulmina tu cercano fin “verborreando” sobre la gloriosa eternidad. Lo oigo como los chirridos del viejo ascensor que sube y baja, y pienso que no puede haber nada más tedioso que existir eternamente con todos los seres que he conocido, entre ellos el chino, el quincallero, etc.

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