lunes, 31 de octubre de 2011

Tener que esperar



Día de Santos y día de Difuntos. Fechas incrustadas en algunas mentes para que, de una forma u otra, honremos a los muertos, resucitados o no. Tienen fecha de caducidad estas gloriosas o macabras efemérides, sin que ello quiera decir que calabazas y disfraces no sean más terroríficas.

Mi familia es totalmente normal, hasta la fecha y cruzo los dedos, en ese tránsito de dejar de existir y pasar, según el poeta francés Baudelaire, a lo ignoto. Al decir que es normal, me refiero que el primero en dar el paso fue el padre, a continuación la madre, nos dejó el año pasado el hermano mayor y, ahí me tienen ustedes, en primera línea de alcanzar el trofeo.

Los años no hacen que nuestro “corazón” se convierta en piedra, que va; el tiempo lo ablanda y, sin saber por qué, uno se encuentra viendo una buena película y se ve llorando a moco tendido, porgamos por caso esa maravilla de “Los puentes de Madison”.

Hace un par de días gozaba sentado en un taburete del “Gran Vía” con el trasiego de un rico y dulzón pampero, cuando Emilio, un buen hombre y amigo cuya única tarea es cuidar de su madre de noventa y tantos años, se colocó a mi vera y me preguntó: “qué haces, Pepe”. Complacido, le contesté: “esperar”. “Esperar, qué”, inquirió, y mirándolo con amor, susurré: “no sé, esperar”.

Y es que cuando uno ha virado los tres cuartos de siglo, la mayor de las cualidades, o si quieren virtudes, que se puede poner en ejercicio es la de la espera, o sea, estar preparado y, si es posible, lúcido para acoger ese instante en que la belleza de la tranquilidad vuelve a cubrir el rostro del que dejó de ser niño, y saborear un hondo suspiro.

No crean que cuento esto por depresión y aburrimiento, lo hago porque quiero convencerme que ese final que se aventura debe ser vivido en plena consciencia, sabiendo que lo que fue dejó de ser y lo que pueda ser, siempre será un misterio.

Estos días recuerdo mucho a mi hermano Fernando, por ello, esta noche voy a construir con suma delicadeza una pequeña “mariposa” que ilumine mi mesa de despacho.

Cosas de viejo, o sea, de espera incansable.

www.josegarciaperez.es
www.papel-literario.com

6 comentarios:

  1. Hombre, oh Dios, mi sobrino Salva, aquel que me enseñaba, aunque nunca aprendí, aquello de la luna. I los niños?, me imagino que están hechos unos auténticos monstruitos. Besos a Mª Angeles y a ti, oh escrutador de Spica, Antares y Altair, aquellos años en que me hiciste muy feliz con aquellas peroratas en La Antilla.

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  2. Me vas a poner "colorao"... Todos bien y los niños, unos monstruitos, sí. Un beso.

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  3. Uau mi hermano por estos lares!!; se nota que somos hermanos, a los dos nos pareció "precioso",¿no seremos un poco parcos en palabras? yo no le comenté nada,¿eh tio?besos tu sobrina " la bética"

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  4. Pues sí, bética, fe un sorpresón lo de Salva. Besotes.

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  5. No te había leído, pero... qué bello te salió este copo, BRAVO
    un abrazo fuerte,
    Antonio J. Quesada

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