domingo, 4 de septiembre de 2011

Con el gitano Juan en la playa


Ayer, con la incomparable luz de septiembre, gocé de la inmensa suerte de pasar tres horas en esta playa “donde el viento silba nácar”. La mar, en calma absoluta, era un bello estanque majestuoso en el que los niños con rojas palas y azules balsas jugaban como sólo ellos saben hacerlo. Reinaba la quietud, y la playa, alargada por una bajamar en todo su esplendor, acogía, tras el éxodo de agosto, escasos grupos dispersos de seres que otorgaban pequeñas pinceladas de colorido a la blancura de estas arenas sagradas.

Cuando baja la mar, atraída por ese misterio de mareas y luna que no deseo comprender -dejaría de ser misterio-, hombres y mujeres de tez morena, bronceada por sus genes y el sol, recorren las arenas arrastrando sus carrillos repletos del más grande surtido de refrescos, cangrejos y camarones, patatas fritas y, este año, de botellines de tintos de verano.

A pocos metros del lugar donde releía “donde el viento silba nácar”, pasaba uno de ellos que, con silbato incorporado, cantaba aquello de ¡coca-cola, camarones, aquarium…!; sentí el deseo de refrescar mi garganta con un aquarium y me acerqué al gitano, de nombre Juan, y cometí la grandeza de preguntarle de “cómo había ido el verano”.

Gracias a ese pellizco de oportunidad que tuve, me cubrió la dicha de escuchar el más hermoso y humano mitin de toda mi larga existencia política, pues la vida -algo distinta a la existencia- la dejo para otras ocasiones.

Los asesores electorales de Mariano y Alfredo P. deberían echar un buen rato con Juan, entre cosas, para hincarle el diente al sentir actual del pueblo concretado en una persona que sabe de los tiempos alegres de la construcción, de la vendimia francesa, de la recogida de fresas, del tema de los inmigrantes y de las latas que tiene que vender para dar de comer a sus churumbeles.

Con sabiduría aristotélica, me postré ante él, cuando narraba que con el asunto del cheque bebé los gitanos de Portugal inundaron Ayamonte y hasta las vacas parían.

Jamás aprendí tanto, cuando embobado, bebí a pequeños sorbos el aquarium a que me invitó Juan.

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