jueves, 18 de agosto de 2011

A Miguel Díaz Alcaraz


El pasado día 16, bien entrada la tardenoche, envié “el copo” sobre Alfredo P. y las Diputaciones. A los responsables de Diariolatorre, les hacía este ruego: que publicasen un comentario-respuesta a un bello Anónimo sobre mi virtual confesión al cardenal Rouco. Esta mañana, aunque sabía que no podía estar colgado en lugar preferente, pues su sitio estaría ocupado por el dedicado a Rubalcaba, pinché hacia abajo y mi sorpresa fue máxima cuando, junto al del Anónimo (tal vez Anónima) y mi respuesta, se encontraba otro, extenso por cierto, del señor Díaz Alcaraz, dice él ínclito, aunque no me lo creo.

Es costumbre de un servidor no contestar a ningún comentario, pues lógicamente, faltaría más, toda persona tiene derecho a dar libremente su opinión.

Pero resulta que don “Miguel Díaz Alcaraz”, según mi punto de vista, confunde las churras con las merinas, o sea, se hace un lío entre mi crítica a un acto de relativismo católico por conceder el cardenal Rouco a sacerdotes, debidamente acreditados, facultades para perdonar a mujeres que hayan realizado el aborto “procurado” y demuestren un verdadero arrepentimiento, siempre que se encuentren en Madrid durante la visita que hoy inicia el Papa Benedicto XVI a la capital del Reino de España.

Partiendo de esa premisa, el autollamado “Díaz Alcáraz” aprovecha la ocasión para concederme una homilía sobre las maldades del aborto, que no discuto, pero con un tufo de fundamentalismo católico que es, por desgracia, el que está consiguiendo que numerosos creyentes estén, silenciosamente, retirándose de ese lugar, la Iglesia Católica, donde, parece ser, según sus apreciaciones, no existen salvación y liberación fuera de sus cuatro cajas fuertes o dogmas.

Comparar a mujeres que han abortado con posibles espartanos que lanzaban a sus hijos a los precipicios del monte Taigeto es, al menos, algo arriesgado. Y asegurar que el que hoy se vean pocos niños trisómicos-21, a los que el llama “mongólicos”, es debido a que las mujeres abortan tras saber, por pruebas médicas, que el ser que lleva en sus entrañas está afectado por una deficiencia es, al menos, monstruoso.

Usted, y otros como usted, confunden el fondo con la forma, el amor con la ley, la libertad con la opresión, el Credo de Jesús (Sermón de la Montaña) con el Credo que se recita los domingos en Misa, y, lo más lamentable, al mismísimo Cristo que perdona a sus verdugos con el Justiciero que envía a las tinieblas a los que no cumplen las normas impuestas por la Iglesia.

www.josegarciaperez.es
www.papel-literario.com

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