martes, 2 de agosto de 2011

Chet Baker en Vera de Mar (La Antilla)


Chet Baker en Vera de Mar (La Antilla)
José García Pérez

En cierta ocasión, me definí como algo anarco. Conjugo especialmente la anarquía a la hora de escribir, no tanto por lo que escribo y el cómo lo hago, sino por el lugar y el cuándo ejecuto la transmisión de lo que pienso y deseo al disco duro del maldito ordenador.

No tengo hora fija para teclear, aunque últimamente vengo realizando la tarea tras la cena y en la sagrada terraza donde el ficus desea, esa es mi sensación, asomarse a la pantalla; comprenderán, tras más de siete mil “copos” escritos, que a mi izquierda descansa un rico y dulzón pampero a la espera que lo bese y succione con inmenso amor.

Hace unas noches le daba vueltas a la tabarra que se traen Alfredo y Mariano, y por un momento, tan sólo un momento, pensé en sacrificar a usted, querido lector, con otra diatriba más sobre política. Bebí un sorbo del milagroso ron y, como si fuese una bendición de los dioses, llegó hasta mis cascado oídos el leve sonido de una trompeta encantada y encantadora, ni más y menos que la de Chet Baker, el mejor trompetista de jazz, pues en sus melódicas notas la nostalgia, alargada con la suavidad de su toque, se hace presente y pasado.

A este lugar “donde el viento silba nácar”, La Antilla, si no se le llega a coger el pulso de la pleamar y la bajamar, del alba y el ocaso, de la duna y la marisma, de la baila y del choco, puede convertirse en el desierto del tedio; de manera que hay que estar atento y vigilante ante cualquier milagro que pueda emerger.

La terraza de la que les hablo está a un tiro de piedra del Club Deportivo “Vera de Mar”, en el que su repostero, “Rafa Toscano”, hace lo posible e imposible para que seamos un poco más felices. Pues bien, cansado de pensar sobre qué escribir, marché tras los bucles de la trompeta de Chet Baker, y sus blues, porque son blues, se encontraban en la terraza del citado Club.

Como la trompeta de Baker es cualquier cosa menos estridente, subí, como rizos, los escalones que llevan a la más bella de las atalayas que usted pueda imaginar, y en ella, en la terraza, grupos de personas susurraban palabras y esgrimían sonrisas de juventud. También joven, pero sin nadie a su lado, una chica observaba a la luna en ese viaje que nunca he llegado a comprender.

De nombre Noelia, me senté junto a ella y me acogió; mientras apurábamos los pamperos correspondientes, la trompeta de Chet, baja de tono, nos animaba a besarnos.

Y lo hicimos y nos amamos. Sin ruido de por medio, solamente con la melodía del mejor trompetista de todos los tiempos.

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