viernes, 8 de julio de 2011

El indignado Blas Infante


Escribe Blas Infante en “El ideal andaluz”: “Yo tengo clavada en la conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales; he presenciado cómo son repartidos entre los vecinos acomodados, para que éstos les otorguen una limosna de trabajo, tan sólo por fueros de caridad; los he contemplado en los cortijos, desarrollando una vida que se confunde con la de las bestias; les he visto dormir hacinados en las sucias gañanías, comer el negro pan de los esclavos, esponjado en el gazpacho mal oliente, y servido, como a manada de siervos, en el dornillo común; trabajar de sol a sol, empapados por la lluvia en el invierno, caldeado en la siega por los ardores de la canícula; y he sentido indignación al ver que sus mujeres se deforman consumidas por la miseria en las rudas faenas del campo; al contemplar como sus hijos perecen faltos de higiene y de pan; cómo sus inteligencias se pierden, atrofiadas por la virtud de una bárbara pedagogía, que tiene un templo digno en escuelas como cuadras, o permaneciendo totalmente incultas, requerida toda la actividad, desde la más tierna niñez, por el cuidado de su propia subsistencia, al conocer todas, absolutamente todas, las estrecheces y miserias de sus hogares desolados. Y, después, he sentido vergüenza al leer en escritores extranjeros que el escándalo de su existencia miserable ha traspasado las fronteras, para vergüenza de España y Andalucía.”

Tal vez se pueda decir mejor la situación de Andalucía en aquellos años, pero no más claro.

Hace unos días, con motivo del aniversario de su nacimiento, el Parlamento Andaluz, cerrado a cal y canto al pueblo, ha manoseado y prostituido a Blas Infante, a través de sus portavoces, afirmando que en la actualidad, él hubiese sido un “indignado” de los de hoy. En la Andalucía actual, no se dan algunas de las circunstancias que narra el notario de Casares, pero sí la peor de todas, a saber: conseguida la autonomía, ésta se humilla ante la cobardía de la clase política andaluza que se pliega al Gobierno central, y acata, sin chistar, sus órdenes, normas y recortes.

Blas Infante, al igual que los indignados de hoy, situaría su “punto de mira” en los políticos andaluces que se ponen firmes ante las órdenes de sus patrones y las prebendas del sueldo mensual.

Por favor, dejen en paz al único hombre que luchó por una Andalucía digna y libre, y que por cierto le costó la vida.

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