lunes, 6 de junio de 2011

Franco: ¿Autoritario, totalitario,,,?


La definición que Luis Suárez Fernández otorga a Franco en el Diccionario Biográfico Español que ha editado la Real Academia de la Historia ha dado paso a un rosario de comentarios en pro y contra de la misma. El historiador ha dicho de él (o de su Régimen) que era “autoritario, no totalitario”. Un escabroso tema, más aún si nos introducimos en las acepciones que el Diccionario de la Real Academia Española hace de los dos conceptos; algo que por cierto no haré y que dejo al arbitrio de mis posibles lectores.

Lo que nadie, estimo, puede discutir es que Franco fue un dictador que se alzó en armas contra el poder constituido, a saber, la II República Española ante la huida y abdicación de Alfonso XIII por el resultado de las elecciones municipales del año 1931, dato histórico.

Nada justifica que sean las armas las que dictaminen por dónde tiene que discurrir el destino de los ciudadanos que forman una nación. Aquella incivil y trágica guerra fratricida trajo consigo la abolición de la libertad, y ahora que tras la palabra libertad cada persona coloque el adjetivo que desee, pero lo importante es la perdida de libertad. En este momento pueden chocar de frente distintas perspectivas al analizar momentos concretos de los casi cuarenta años de dictadura, desde el consabido “nadie se metió conmigo” hasta la maldita herencia de una posguerra que, hasta 1947, fue terriblemente sangrienta.

El hecho de autoproclamarse “Caudillo de España por la gracia de Dios”, resume todo el concepto totalitario, rayando en lo divino, del que se sabía dueño y amo del destino de los españoles. Y su frase, creo que es suya, “todo está atado y bien atado” fue una auténtica profecía, pues pasados treinta y seis años de su muerte seguimos hablando de él y algunos, desde luego que yo no, añorando su presencia.

Por mi edad, soy producto de su nefasto proceder, a saber: haber castrado mi libertad durante años y pertenecer a una generación que, aunque hemos sabido aprobar asignaturas pendientes, quedamos a la cola del resto de jóvenes europeos, al tiempo que cantábamos “Montañas nevadas” y escuchábamos que “hacer” el amor nos llevaba de patitas a un infierno donde un fuego eterno nos iba a achicharrar sin morir jamás.

A algunos, no lo dudo, aquella larga estancia de Franco entre nosotros les parecería un cielo; hoy, que he sido capaz de usar la moviola, afirmo que fue un infierno.

Ah, y nunca estuve en la cárcel y ningún familiar mío fue muerto o asesinado antes, durante y después de la guerra civil española.

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