domingo, 29 de mayo de 2011

La ministra Carme Chacón


Málaga, esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia, se ha engalanado en el día de hoy, ayer para usted, con lo mejor de su clima y un cielo azul que habrá sido envidia para los que no viven por estos pagos. Hoy, ayer, o sea, todo un mundo lleno de historia, se ha rendido homenaje a la bandera y a los caídos por Dios, la Patria, el Rey, el Burka, la ONU, Bush, Obama, los accidentes y alguna que otra lapa hija de puta adherida a los bajos de los carros de combate desplegados por Afganistán.

Por el Paseo del Parque, según tele al canto, se encontraban los amantes de desfiles, gorras, gritos y fusiles. Y, además, del Rey, el Príncipe, sus respectivas costillas, nuestro Alcalde electo más contento que unas pascuas porque todo se desarrollaba casi en el portal de su casa. La sufrida ministra de Defensa Carme Chacón, víctima propiciatoria de una de las mayores conjuras políticas españolas del momento, paseaba su marchita silueta derrotada entre cornetas, tambores, legionarios, regulares, marinos, guardias civiles y algún que otro paracaidista que se habrá asombrado de la belleza de la bahía de Málaga.

La política, la malvada política de todos los días, está reñida con la poesía, y sin embargo ambos conceptos se nutren de la palabra. Ocurre que a veces concurren en un momento dado. La semana pasada ocurrió así cuando Carme Chacón convocaba a los medios de comunicación para, como quien lanza un bello soneto perfectamente acentuado, volcar en la opinión pública su voluntad, agazapada por órdenes de más alta jerarquía, de no presentarse al proceso de primarias.

En su breve y poético parlamento, nos dejó un sabor agridulce. Agrio porque lo que vomitaba parecía no obedecer a su deseo legítimo de ser pieza esencial en el engranaje de las primarias socialista, pero dulce, muy dulce, porque transmitía, en forma de poesía, todo un caudal de fantasías y promesas capaces de despertar a la ciudadanía del tedio político que le abruma.

A Carme Chacón le pega más una promesa con ojeras a que un militar de alta graduación le diga ¡a sus órdenes!

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