viernes, 13 de mayo de 2011

Acto 7º: La Guerra Civil Española


Nací en enero de 1936; soy, pues, republicano de nacimiento. A los seis meses de edad, andaba un servidor mamando en uno de los pezones de mi madre, cuando algunos mandos militares se alzaron en armas contra la II República y durante tres años los españoles estuvieron matándose entre ellos; o sea, para entendernos, que contaba el nene tres años de edad cuando se implantó en España una dictadura que vino a durar unos cuarenta años; vamos, para que quede claro, que estaba muy próximo a cumplir cuatro décadas de existencia cuando los ciudadanos, con la muerte del dictador como bandera, unos con ganas y otros con menos, nos metimos de cabeza en esto de la democracia, por tanto de las elecciones. Y en ello andamos desde hace más de treinta años; algunos, me encuentro entre ellos, de forma activa y otros, los más, viéndolas de venir para dejarlas pasar.

Tengo, pues, la friolera de tres cuartos de siglo de existencia, y en medio de tanto existir y unos cuantos años de vida a tope, y sea de una forma u otra, mis oídos han sido taladrados por las historias de aquellos tres fatales años de Guerra Civil. Y lo que es peor, la diñaré oyendo la misma cantinela.

Sepan ustedes, aunque seguro que lo saben, que fui Diputado a Cortes por UCD allá por 1977. Y volví a repetir. Pues bien, desde aquellos años el único “programa electoral” que todos los partidos predicaban en alta voz, con voz baja o en silencio, eran los muertos que habían sembrado las tierras de España, bien por parte de los llamados rojos o de los autollamados nacionales.

Y claro, así no hay forma alguna de entenderse. Según sigo oyendo, casi todo el mundo tiene un familiar en una fosa común o mataron a un hombre de pueblo por ir a misa los domingos y fiestas de guardar. Los hay que desean juzgar a los muertos, porque vivo y coleando muy pocos quedan que tuviesen mayoría de edad en aquellos años de terror.

La Guerra Civil, por desgracia para mis nietas, y para las suyas, sigue siendo un arma electoral hasta en el último pueblo de España.

Y me dan ganas de llorar.

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