lunes, 16 de mayo de 2011

Acto 11º: La indigna muerte del Andalucismo oficial


En los últimos estertores de esta legislatura, el Gobierno de España está preparando el anteproyecto de Ley “Muerte digna” que, lógicamente y por tratarse de un tema tan peliagudo, tendrá palmas y pitos.

Asistimos en estos días, ya los últimos gracias a Dios, a los también últimos estertores de esta campaña electoral, y uno, que tiene algo de romántico, asiste con desolación a firmar el acta de defunción del Andalucismo oficial, o sea, el que ostentaba el PSA, y más tarde el PA, utopía en la que estuve militando durante un buen rato de mi existencia. Y digo “andalucismo oficial”, porque no dudo que existe “andalucismo” en pequeños colectivos y, hasta me atrevería a asegurar, que en buena parte de los electores de otros partidos políticos.

Aquí no cabe decir aquello de “que entre todos lo mataron y el solo se murió”, sino que el solito, el PA y sus cuadros dirigentes, entre los que si lo desean me pueden apuntar, han depositado todos los ideales de una Andalucía Libre en la escombrera de lo no deseable.

PP y PSOE, como buitres insaciables en su afán de sumar votos, han acudido a las últimas ruinas municipalistas del PA y han picoteado sin piedad y con promesas los bastiones de Ronda, Benamargosa, Benamocarra, etc., incorporando a sus filas los últimos rescoldos de aquellos que creyeron, durante un tiempo, en las entrañas de “ser andaluz”.

En esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia, Málaga, el posible loco político que quede de aquel Andalucismo que parecía se iba a comer al vampirismo nacionalista del Norte, el posible loco, decía, se va a encontrar con la triste sorpresa que la papeleta de “la mano abierta” no estará en las mesas y cabinas electorales, sino que camuflada en una de ellas, cuyas siglas silencio adrede, hay algunos nombres de militantes del PA.

No ha gozado el PA de una muerte digna. Ni siquiera podemos decir que ha muerto con las botas puestas frente a sus adversarios. Lo más triste es que al PA se lo ha llevado por delante una guerra civil interna, donde los líderes de los dos bandos tenían el mismo nombre: Caín.

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