miércoles, 13 de abril de 2011

Paco Montoya


El pasado fin de semana estuve por Granada en un acto institucional con presencia del Excmo. Sr. Alcalde de la villa y de la Ilma. Sra. Viceconsejera de Cultura de la Junta de Andalucía. Se trataba, nada más y nada menos, de condecorar al gran poeta Rafael Guillén con la Medalla del II Premio de las Letras Andaluzas “Elio Antonio de Nebrija”, al que un servidor como Presidente de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía, con perdón de ustedes, tenía el privilegio de imponerle el galardón. Lo pasé bien, pero nada comparable a la mañana de hoy, ayer para usted.

Y es que bajé a un bar cercano a casa a tomar una cerveza y un rioja, con permiso de algunos amigos míos que creen que semejante ceremonia es una adoración al dios Baco. Pues bien, estaba liado con la cerveza cuando se acercó Paco Montoya, natural, lo que son las cosas, de Alhaurín de la Torre, ese mágico lugar donde el valle del azahar se adelgaza.

Paco es hombre de carácter bronco y tierno. Esa mañana se encontraba en estado de gracia, ese estado que se da gratis, o sea, sin nada a cambio. Era, al igual que la mía, la primera cerveza; dicho de otra forma, estábamos más frescos que un chorro de agua que baja por entre laderas del monte. Le llevaré tres años de edad, lo que quiere decir que somos de la quinta del hambre, del respeto a los padres, del nacional catolicismo, y de la Cuaresma vivida sin probar la carne, tal vez porque escaseaba.

Y de eso estuvimos conversando dale que te dale. Me decía Paco, hombre que se enfada a menudo con Dios, al igual que yo, de los potajes de acelgas y del arroz con leche que preparaban nuestras madres en tiempos de Semana Santa, y que hoy, sea por las bulas o porque ya no se llevan, se cambian por un bocadillo de chorizo o cosas parecidas.

De ahí pasamos a la forma de vivir el entonces llamado Sábado de Gloria, borrado del mapa por la que llaman Santa Iglesia Católica, con un tronar de campanas y Radio Nacional a toda pastilla, ya que durante los días anteriores todo era silencio y música sacra.

En fin, cosas sin importancia que ya no se llevan, pero que han conseguido que quedemos cualquier día para degustar un menú potajero, no verruguero, y de segundo un bacalao en condiciones al que queda invitado el que lo desee.

Vamos, que lo paso fenomenal.

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