jueves, 21 de abril de 2011

La vivencia de la nostalgia


Una hogareña mecedora, una cálida penumbra del tiempo y una ancestral chimenea. No hace falta más para pasar un fin de semana que incluya Jueves, Viernes y Sábado de Pasión; ni siquiera un buen libro para acompañar el durmiente balanceo. Dejarse llevar, y si entre el chispear de lenguas de fuego se divisa la silueta de la madre acurrucando a la nena, el milagro. Alejado de procesiones y de conversaciones pías, de la llamada inoportuna, de la selva de lo urbano, de la rabiosa actualidad y de su análisis político. Y adentro, muy adentro de la intimidad y del alma, el recuerdo, la nostalgia. Querer ser humano, aunque la piedra del ajetreo nos quiebre la inmortalidad del instante, es el ideal.

Nos pasa, me pasa, que en lugar de la mecedora deseamos el trono, la noria o el tobogán del vértigo o, peor aún, la tupida tela de araña que nos envuelve y nos maniata. No somos capaces de cortar el hilo del que pende nuestra desgracia: el aparentar, el status, la baratija de la falsa felicidad. No se trata de permanecer estáticos o cincelados por el consumo, no es eso, de lo que se trata es de dejarnos mecer por la digestión del pasado y vivir el crepitar de la nana que clama por la paz y el auténtico amor.

Si hoy introdujera unas “negritas”, desaparecería la magia de la grata mecedura del tiempo que tal vez se pueda conseguir cuando se vive hasta el mismo cansancio de existir.

Mañana se estropeará el destello. Me detendré a la vuelta de la esquina, ay, para comprar la prensa y saber cosas. Y pulverizaré la mejor de las consagraciones, la de ser humano; para eso existimos.

Pero no caeré en la tentación. Detendré el tiempo y la mirada y colocaré los ojos al revés, para mirarme otra vez para adentro, pues tengo que conservar la visión de la noche, de la lumbre, del pan grande y de la mecedora.

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