jueves, 10 de marzo de 2011

Mi miércoles de ceniza


Un ruego: que nadie se escandalice por lo que aquí pueda leer. Otro ruego: si alguien se cree puro o pura que no lea más. Tercer ruego: la existencia hay que revestirla de ironía y de ganas de pasarlo bien, hágalo.

Pues la verdad es que un servidor, por ayer, no caí en la cuenta de que era Miércoles de Cenizas, ya saben ese día en que, al menos antiguamente, la Iglesia nos recordaba que la teníamos que diñar y, era por eso, que el padre cura nos colocaba ceniza en la frente al tiempo que nos decía, más o menos: “polvo eres y en polvo te habrás de convertir”. Hoy, me dicen algunos amigos, que se sigue imponiendo la ceniza con el mandato de “conviértete”. De una forma u otra, el rito tiene algo de tragicomedia, pues son muy pocos los que no saben que aquí estamos de paso hasta que llegemos a la Estación Término, a no ser que como al profeta Elías alguien nos eleve hacia los cielos en un carro de fuego.

Pues bien, serían las 16:15 horas del día de ayer que yo bajé a mi querido Café Bar Gran Vía, sito en calle Don Cristián, a tomar un corto y de rebote un güisqui con bastante hielo y algo de agua. Eran las 23:15 horas cuando, con paso erecto y derecho, salía de tan sagrado lugar. Y salí bien, con algunas copas más de agua de fuego y habiendo saboreado algo de mojama, salchichón, lomo, tomatitos y la amistad.

La amistad se puede saborear de dos maneras diferentes: a palo seco y con unas copas bien bebidas, mejor de la última manera siempre que no se llegue a la embriaguez, y la vivamos en ese filo de la navaja que podríamos denominar puro cachondeo.

Pasaron por Gran Vía toda una serie de personajes que bien se merecen, merecemos, una novela corta y coral: Pepe “el pollo”, Manolo “el bético”, Ignacio “el besucón”, Alejandro “magno”, “el pequeño” Fernando, Jimmy “el políglota”, el bueno de Emilio, Julio “el fotógrafo, Paco, Juan, etc. Buena gente.

No sé cómo, pero como casi todos son cofrades hablamos del Miércoles de Ceniza y no quisimos largarnos del Gran Vía hasta no hacer nuestro particular rito, del que yo fui oficiante. Y así, recogiendo de un cenicero colocado en el exterior, por mor de la excelsa Leire Pajín, culpable de tanto resfriado cogido de entrar y salir, y fui imponiendo la ceniza a todos y cada uno de los amigos, al tiempo que, cambiando la frase, decía: “de polvo vienes y polvo tendrá que echar”, dicho que tal vez sea
más real, o al menos, menos trágico que el que clama la tristona Iglesia para decirnos que se inicia la Cuaresma.

Si no lo creen, pinchen en Google “el copo de pepe” y comprobarán que es cierto lo que relato. De lo que doy fe.

Ustedes perdonen.

2 comentarios:

  1. Amigo José, de tus textos no se pierde ni una palabra, se pueden exprimir y te aseguro que de ellos se saca un buen jugo. Siempre dejan algo: una sonrisa, una idea contradictoria, un análisis...
    Dichoso tú porque a mí me dijeron hace unos días después de "medio leer" una novelita mía (y digo medio leer porque la misma persona dijo que no la había leído del todo) me dijo, repito, "que yo escribía para bobos" (¡¡¡) Yo no hago más que preguntarme cómo leerán y que entenderán los bobos cuando leen o si llegan a leer (Bueno, esto es un desahogo porque sé que no me puedo comparar contigo ni con otros muchos escritores)¡¡¡qué pena me doy!!!

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  2. Querida amiga Magda:
    Si oyeras las cosas que dicen de algunos de mis escritos te escandalizarías; pero yo, erre que erre. Más de 7.000 columnas y las que quedan si el agua de fuego lo permite.
    El desahogo es buenísimo. Escribir es una forma de desahogarse o psicoanalizarse qaue viene a ser lo mismo; pero tú, querida Magda, darte pena de ti misma, no lo consientas.
    Hagamos nuestra aquella famosa frase del Mayo del 68: "Que nuestros sueños sean sus pesadillas"

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