sábado, 19 de marzo de 2011

Guerra: ¿Sí o no?



Nunca aplaudiré ninguna guerra y menos si es el franchute el que me la recomienda. Para guerra, con la mía me sobra. Del NO a la guerra hemos pasado al SÍ en un santiamén. Los del PP son tan buenos y disciplinados que, por su ardor guerrero, se apuntan a un bombardeo, nunca mejor dicho. Los del PSOE, tan legalistas y, aunque no lo crean, militaristas, le han sacado gusto al tema y de aquí a nada vamos a estar presentes en todos los saraos del mundo.

Escribí un día mi percepción sobre la apoplejía revolucionaria que sacude el Norte de África, pero poco queda ya de los temas de Túnez y Egipto, Ben Alí y Mubarack, que, derrocados ambos por el ejército, el mismo ejército que los encumbró, éste sigue en el “cuadro de mandos”

La escaramuza de Marruecos duró un rato. Nadie pregunta, nadie sabe nada y las cosas siguen bajo el mandato divino del Gran Sultán. En Libia, fue diferente el lío. Los llamados insurrectos o insurgentes o revolucionarios se alzaron contra el coronel Gadafi y, de la noche a mañana, incluida la tarde, vimos, aunque se ve tan sólo lo que interesa al gran muñidor del mundo, el que mueve los hilos del que pendemos nosotros las marionetas y que no sabemos quién coño es, vimos, decía, que los insurrectos y desarrapados tenían en su poder balaceras suficientes para hacer frente al terrorista que hizo estallar un avión con cerca de 300 pasajeros en Lockerbie y que, tras zurrarle Reagan un misil de envergadura, se convirtió, como dijo no sé quién, en nuestro “hijo puta” predilecto; “hijo puta”, pero nuestro, de Occidente.

Tanto lo fue que igual regaló un caballo a Aznar, que colocaba su jaima en el Pardo, que le zampaba un par de besos al Rey, Zapatero, Sarkozy, Berlusconi, Merkel, Obama, Bush, etc. Y ahora, pelillos a la mar, todos a por él, y nosotros más chulos que nadie, ponemos a Andalucía, con Rota y Morón como autopistas a 110 kilómetros por hora, como paso obligado para su descabello.

Este mundo, Occidente, Oriente y el resto, tiene como denominador común a la hipocresía, pero más hipócrita que nadie aquél que presumía de pacifista, el que nunca nos fallaría.

Yo, con perdón de los del ardor guerrero, me mantengo en el NO a la guerra.

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