miércoles, 16 de marzo de 2011

Desde Japón a Teresa Porras


Ocurre que mi vida, por razones que a nadie interesa, discurre en el antiguo Perchel entre “el Montoya” y Emilio “pro-peñista” venido a menos por razones del afilar de cuchillos entre los González que jugaron a política y ningunearon su labor en esa pequeña guerra de las Peñas de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia.

Me encontraba desayunando en un bar de nombre “Akí mismo”, disfrutando de un corto doble adornado con un pitufo de integral con tomate y aceite de oliva algo regado por sal, al tiempo que leía noticias del lejano Japón, ya saben, que si miles de muertos, tsunamis que se tragan localidades de un sopetón y una central nuclear al filo del estallido; horrible todo, pero que uno, para qué engañarnos, tal vez por lo lejano, le sigue metiendo mano a tan rico desayuno, cuando he aquí que un chirriar de frenos, valga Dios que a tiempo, no se llevó de chiripas al próximo, al cercano, a un chavalín conocido en el barrio, al intentar la madre cruzar la acera que lleva desde el final de calle Don Cristián a Narciso Pérez Texeira, donde no más de tres metros sin un paso de cebras, debidamente señalizado, puede llevarse la vida de cualquier persona confiada, o no, en que los frenos de los coches siempre funcionan.

Es por ello, que pasé desde Japón a lo cercano, a lo vecinal. Hace un tiempo, escaso él, que los operarios del Ayuntamiento de Málaga están vertebrando este dédalo de calles con obras que faciliten el acceso de minusválidos a una cierta movilidad. Pues bien, tal vez por razones técnicas que no viene al caso, se ha dejado de pintar o señalar un paso de cebras en el lugar de confluencia que antes señalaba. Creo, no lo sé con seguridad, que es la concejala, buena edil, Teresa Porras, la responsable de estos menesteres, y yo, con la osadía perchelera que me sostiene en esta existencia que me queda, ya corta por cierto, le ruego que envíe a unos operarios con brocha en ristre para que pinten no más de 4 ó 5 rectángulos de amarillo que, aunque peligrosos en sí, pueden aminorar el peligro de que un ser, tan sólo uno, puede irse al otro mundo por una negligencia de chicha y nabo.

Ya de paso, si esto llega a oídos de la siempre amiga Teresa, podría poner en orden, con pegamento incluido, no más de seis losetas, que a la primera de cambio han saltado a la altura del Gran Vía en calle Don Cristián; nos salva que Antonio, autónomo, oh Dios, del café-bar en cuestión, coloca un velador sobre el deterioro a fin de que un servidor, tal vez con un güisqui de más, no caiga en el hoyo.

Estas pequeñas cosas no es que puedan costar votos, eso es lo de menos, sino alguna que otra vida. Así pues, Teresa o a quien corresponda, dejaros de grandes obras, y arreglemos las pequeñitas.

Insistiré en el tema.

No hay comentarios:

Publicar un comentario