viernes, 17 de diciembre de 2010

El hombre de Olot


El hombre de Olot parecía tenerlo claro. Recogió sus armas, escopeta y rifle, perfectamente legalizadas por las autoridades competentes, así hay cientos de miles por España, y como el que mata a un ciervo, pero a menor distancia, se llevó por delante a cuatro conocidos.

Se supone que el hombre de Olot, a pesar de tener utensilios diseñados para la caza humana, ya digo, con los papeles en orden, lo tenía todo perfectamente planeado. Y no falló. Los vecinos siempre lo tuvieron por un hombre tranquilo, pues no se le conocían malas compañías. Que sepamos poseía un coche y, ya digo, dos escopetas de caza de esas que existen por innumerables inmuebles y caseríos. Ojo con ellas, pues, en un momento, pueden dar más de un disgusto.

Realizada su sangrienta tarea matinal, el hombre de Olot no se entretuvo en intentar realizar una escapada, sino que, simplemente, se entregó a las autoridades policiales.

Un hombre que, como al del Olot, no se le conocían problemas de salud mental con incorporación de psicólogos, profesión ésta a la que le avecinan años de prosperidad por la angustia creciente que va acampando en millares de hogares donde el señor euro es un extraño, debe ser un caso digno de estudio.

De hombre de bien, o al menos es lo que aparentaba, el hombre de Olot se convierte en asesino en serie que va dejando un reguero de sangre a su paso. Parece ser que si ese hombre, el de Olot, existió, culpabilizó de su crisis económica personal a unas pobres personas, seguro que también en crisis económica, con nombres y apellidos concretos. Y ya comento, fue a por ellos.

No sé cómo definir esta historieta del hombre de Olot. Desde luego que no es catalogable como violencia de género o algo parecido a aquel suceso ocurrido en Puerto Urraco, y que los mediocres escritores llaman de la España profunda.

Me da un cierto tembleque pensar en la cantidad de parados que existen por estos pagos, algunos con escopetas y sus papeles en orden; van cerrando los pequeños comercios; y todos seguimos diciendo que, a pesar de ello, a la gente se le nota una cierta bulla a la hora del consumo.

Detrás de muchos de ellos existen historias reales, como ésta de Olot que parece no llegó a ser real.

www.josegarciaperez.es

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