viernes, 19 de noviembre de 2010

Un poema de Alfonso Canales hecho vida en su muerte



En 1995, publicaba el Suplemento “Papel Literario” de Diario Málaga una última página de mi autoría bajo el nombre de Radiografía de un poema. Dedicaba mi tiempo a ese difícil menester de dar a conocer, en la medida de mis posibilidades, la lírica de poetas malagueños a nivel nacional. Con el paso del tiempo, caí en la cuenta de que la gran mayoría de poetas malacitanos, también Instituciones, hicieron lo posible e imposible por silenciar o ningunear “Papel Literario”, aunque no lo consiguieron ni lo conseguirán.

Aquel lejano 4 de junio de 1975, la radiografía iba dedicada a un poema del poeta, lejano en su trato, pero cercano en la experiencia de vida hecha poesía, Alfonso Canales, muerto en la noche del 18 de noviembre de 2010.

Dice así el poema:

“Contigo, madre tierra,/ tierra de promisión, tierra de nadie,/ tierra de miga, tierra de los hombres,/ tierra de pan para llevar, tierra de fuego;/ contigo, tierra virgen,/ tierra quemada, tierra santa, tierra/ de año y vez, tierra patria, tierra adentro/ iré cuando me llames, tierra baja,/ tierra del apetito/ del corazón, segura/ tierra de ruedo, tierra firme, tierra/ solar, tierra inhumana/ o mansa tierra de labor. Contigo/ iré cuando me pidas que aterrice,/ que aterrado me quede, que enterrado/ me duerma entre terrones/ tuyos, mi territorio/ soterrado y feraz, cuando tu frío/ terral asole mi terraza. Tierra,/ mi paraíso terrenal, mi cielo.”

Y este fue mi diagnóstico del poema:

“La mirada, quizás la vista, a veces descansa en lo próximo y cierto. No busca otros horizontes ni aproxima la lejanía de lo distante. Se complace en lo tangible, lo inmediato. La huella no interesa, lo importante es la pisada que penetra el hoy, preámbulo del camino del mañana, pero éste, el destino o futuro, queda lejos. El instante ocupa todo el universo, la sensación percibida perturba todo análisis racional, el alfa y omega han ocupado una misma parcela, conviven la intensidad del encuentro, materia y espíritu han acordado no cuestionarse nada, viven su plenitud. Nace un poema,
Alfonso Canales lega a los amantes de la poesía, en este poema, en un primer momento, el sabor físico de la tierra. Todo el que tenga un mínimo de sensibilidad va a “masticar” poéticamente un puñado de tierra, va a sentir en sus dientes el crujir del “alma” de sus terrones, va a oler una quema de rastrojos, va a percibir el brotar del trigo, va a desear que su manto nos cubra con amor materno.
Ello lo va a conseguir mediante una aliteración continuada, aliteración que nos introduce en el poema, en la “tierra”, como si el folio virgen fuera un terreno que esperara paciente la siembra de todas las semillas que tienen acogida en el vocablo “tierra”.
Por ello, el poeta va a recurrir en rima libre a la clásica musicalidad de heptasílabos y endecasílabos que van a servir de aguacibera a los surcos de los versos que le esperan.
El poema, para su mejor análisis, podríamos dividirlo en dos cuerpos diferentes en su fondo. El primero, canto de grandeza exuberante a la tierra, nos va a colocar en sintonía con el deseo o aceptación, por parte del poeta, de convertir en fértil vida lo que para otros es simple aposento.
La segunda parte del poema, descripción del deseo, nos sumerge de nuevo en la “selva” de la aliteración, con una cascada de palabras con “erre” que encuentran su natural sentido en el texto: “aterrice”, “aterrado”, enterrado, “terrones”, “territorio”, “soterrado” y “terraza”.
Alfonso Canales, auténtico dominador del lenguaje, sobrio y sereno en la profundidad del anuncio, singular en su poética, excava en la masa del ser humano para obtener la riqueza del espíritu.”

Canales fue Premio Nacional de Literatura y de la Crítica, pero aunque no lo hubiese sido, uno de sus poemas, éste, por ejemplo, vale por toda una vida literaria.

Descanse en su deseada paz.

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