lunes, 1 de noviembre de 2010

Santos y Difuntos


La Iglesia colocó estos dos sagrados días, “de todos los santos” y “de los difuntos”, juntitos. Aunque tal vez, debió ensamblarlos en una misma fecha.

Ha llovido cantidad desde que, como costumbre introducida por el nacional catolicismo, lo que aconsejaba la Iglesia Católica era oír, escuchar o celebrar tres misas o eucaristías en el Día de los Difuntos; de aquello, seamos sinceros, no queda absolutamente nada. Casi igual podríamos comentar de las “mariposas” o lamparitas de aceite que, posadas sobre aceite depositado en un vaso de agua, se encendían por las ánimas del purgatorio o para testificar el recuerdo de aquellos que nos dejaron entre el regocijo de los chiquillos de la postguerra que en sus domicilios se arremolinaban alrededor de las lamparitas; bastantes años después la Iglesia concibió el negocio de las lucecitas eléctricas.

Aunque tenía más morbo el Día de los Difuntos, el de todos los Santos tenía su sello propio, sello que consistía en acudir a los cementerios a sacar lustre a los sepulcros de los fallecidos, colocar ramos de flores encima de ellos, estar un buen rato acompañando los restos de los familiares y “echar” un rosario o cualquier otra oración. Ante la escasez de terrenos, llegaron los nichos y ya nunca fue igual, pues no era lo mismo estar a pie de tumba que oteando el quinto piso de las filas y columnas de nichos. Más tarde vinieron las exhumaciones y el personal se quedó sin una señal propia que echara raíces visibles en el recuerdo.

Y así en vida, a los que les quedaban tres o cuatro telediarios tuvieron, y seguimos teniendo la oportunidad, de decidir nuestro destino hacia lo desconocido. A mí que me entierren con mis padres, dicen algunos, lo que no deja de ser una putada para los más próximos; o a mí que esparzan mis cenizas por el Caribe, lo que puede ser una ruina o un viaje de placer para los más allegados.

Al final de estas letras, hilvanadas adrede con cierta ironía, me quedo con las palabras de Jesús de Nazaret cuando requirió de un conciudadano que le siguiera y el tal puso como excusa expuso que tenía que ir a enterrar a un muerto, a lo que Jesús, la Vida encarnada, contestó: “dejad que los muertos entierren a los muertos”, o dicho de otra forma que no debemos perder un instante en el culto a la muerte pues la vida, que es lo esencial, nos reclama para pasar haciendo el bien, o sea, para ser santos.

www.josegarciaperez.es

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada