viernes, 29 de octubre de 2010

Marcelino Camacho y el juez Garzón


Con el adiós último de Marcelino Camacho, se ha volatizado una manera de hacer política para aquellos que vivimos en plenitud el proceso de reconciliación nacional en aquel tiempo épico de la Transición democrática, tiempo de encanto y de grandes dificultades para conseguir el apretón de manos entre los del puño en alto y el brazo extendido cara al solo, y con esa señal construir una España capacitada legal y moralmente para caminar hacia una democracia total.

El operario fresador de la Perkins, fundador de CCOO, conoció la cárcel franquista en diversas ocasiones, sufrió las consecuencias de su lucha por la libertad, fue capaz de introducir una especie de submarino en el sindicato vertical del Nacional Sindicalismo y desde dentro, las llamadas “comisiones”, nutridas de asociaciones progresistas de la Iglesia (HOAC y JOC) y del mundo comunista, casi desmantelaron el sólido edificio ideado por la dictadura.

Tuve la suerte histórica de coincidir con Marcelino Camacho en las dos primeras legislaturas (1977-79 y 1979-82) de la débil democracia que asomaba tímida su deseo de ser.

El 14 de octubre de 1977 Marcelino Camacho fue el portavoz del Grupo Parlamentario Comunista para explicar el voto de su formación política ante la Ley de Amnistía y, entre otras cosas, dijo lo que sigue: “… Para nosotros, tanto como reparación de injusticias cometidas a lo largo de estos cuarenta años de dictadura, la amnistía es una política nacional y democrática, la única consecuente que puede cerrar ese pasado de guerras civiles y de cruzadas. Queremos abrir la vía a la paz y a la libertad. Queremos cerrar una etapa; queremos abrir otra. Nosotros, precisamente, los comunistas, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. Nosotros estamos resueltos a marchar hacia adelante en esa vía de la libertad, en esa vía de la paz y del progreso (…) Pedimos amnistía para todos, sin exclusión del lugar en que hubiera estado nadie. Yo creo que este acto, esta intervención, esta propuesta nuestra será, sin duda, para mí el mejor recuerdo que guardaré toda mi vida de este Parlamento…”

Estas palabras pronunciadas por el hombre del jersey de cuello alto serían suficientes, por el hombre que supo de cárceles y persecuciones, serían suficientes para silenciar todo el desprecio que el juez Garzón siente hacia dicha ley.

Descanse en paz. Siempre la mereció.

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