miércoles, 1 de septiembre de 2010

Septiembre


Si me gusta septiembre es por el aroma a alcanfor que comienza a desprender en sus últimos días, o sea, cuando a la vuelta de una esquina, esencialmente las situadas en los aledaños de la Acera de la Marina, la brisa da paso a un estornudo que nos comunica que la canícula ha terminado y que hay que echar mano a una ropa de más abrigo y que algunos conservadores la tienen alcanforada.

El estornudo es fuente de virus y, lo que son las cosas, cada vez que yo suelto tres o cuatro estornudos seguidos me quedo en la gloria porque mi torpe mollera se despeja. Ahora bien, como mis estornudos aparecen de forma acelerada no me da tiempo a colocarme el pañuelo, más aún, si me lo colocara y abortara el estallido del atchís tengo la sensación de que me estallarían los sesos.

Nos dicen los expertos en estornudos que hay que estornudar a una distancia mayor de un metro de la persona que tenemos frente a nosotros, por lo que sería conveniente que a partir de hoy llevemos con nosotros una cinta métrica para situar al otro u otra en esa distancia preventiva por la que el virus puede pasar de largo o perder parte de su virulencia.

Y aunque todavía nos queda pasar el veranillo del membrillo y de las moscas cojoneras, esas que te trincan a la vuelta de la primera esquina y no te dejan hasta bien entrada la tardenoche, estamos deseando que el calor dé paso a la suave brisa y al leve fresco, acompañantes majestuosos para tomar un rico pampero y hablar de temas trascendentales, entendiendo por trascendencia ese estadio de la vida que desconoces, pero que intuyes puede encontrarse en la plaza de asombro, a poco que permitas que el asombro, el amor, sea tu señor y acompañante.

Mañana, si me acuerdo, hablaremos de cómo aguantarnos las ganas de besar unos bellos labios ante la transmisión, no de bacilos, sino de bichitos de poca monta.

www.josegarciaperez.es

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