jueves, 26 de agosto de 2010

Sin título


No he titulado esta pequeña columna porque no he decidido el tema a tratar. He tirado a la basura la prensa de hoy, he apagado Internet y no he tomado entre mis manos el manantío de Fernando Pessoa para teclear trescientas cincuenta palabras más o menos hilvanadas.

De entrada se me ocurre que los temas que trato, tratan y tratamos son meros comentarios, afortunados o no, de hechos que creemos importan a nuestros numerosos o pocos lectores. De manera que uno le da vueltas a la chorla para buscar el comentario apropiado sobre un suceso que estimamos importante y al lector/a le da igual ese trajín de interpolar opiniones con noticias.

En todos los acontecimientos que pasan por nuestra vera verita vera, existen tres estadios a descubrir, a saber, lo esencial, lo importante y lo accesorio; delimitarlos es tarea complicada pero apasionante.

Supongamos una pareja, hombre-mujer, hombre-hombre, mujer-mujer (por ahora, me quedo con la primera). Lo accesorio en los dos tortolitos es que tengan piso o no, la hipoteca es cosa aparte, que el frigorífico funcione en las debidas condiciones y no digamos nada sobre la divinidad casera, la televisión. A veces estas banalidades se convierten en piezas fundamentales de la tediosa convivencia.

Importante, lo que se dice importante, son los hijos, pero sin llegar a convertirlos en el tema esencial. Tenemos que luchar por ellos, educarlos y prepararlos para que vuelen y se conviertan en autónomos; esa debe ser la última finalidad para con ellos.

Sin embargo, lo esencial en la pareja es el amor. Si éste desaparece del ámbito en que se mueven los dos, la hipoteca, el frigorífico, la televisión y los hijos no pueden cubrir la enorme oquedad que se abre en la convivencia de la pareja.

El amor es el acontecimiento humano por excelencia, se podría decir de él que es el tránsito para llegar a creernos que la experiencia de la divinidad es posible. Pero el amor, ese infierno y éxtasis, ese cenit y nadir, no puede quedar instalado eternamente en la lona extendida de nuestra vida. Nos volveríamos locos.

Pero siempre permanecerá su vivencia, y desde ella podemos ver la vida desde otra perspectiva. Y podemos ser felices.

www.josegarciaperez.es

2 comentarios:

  1. Querido Pepe:
    Esto no es una columna, no es un artículo ¡no!
    Es un verdadero curso.

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  2. Un curso no, pero una experiencia de vida sí que es.
    Gracias

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