jueves, 19 de agosto de 2010

La duna del asombro


No paso demasiado tiempo en la playa, y eso que la tengo a tiro de piedra. Pero entre el entretenido dominó, la escritura de el copo, la lectura del eterno Pessoa, la responsabilidad de Papel Literario, la bendita siesta y el repaso a la anodina prensa veraniega es escaso lo que dedico al placer del yodo, aunque eso sí, en cuanto llego a la blanca arena donde el viento silba nácar esté el agua fría o menos fría me zambullo como pez y gozo una media hora seguida de ese placer.

Sé que esta parida importa poco a mis lectores, pero menos me importa a mí que Aznar o Pons aparezcan por Melilla y que el PSOE los tilde de desleales con el Gobierno. Es por ello que, a falta de noticias de interés, tal vez a mis adictos les interese más saber mi ubicación en la playa.

Los de mi edad ni la pisan, sino que saltan del dominó a la barra del Club Vera de Mar y se ponen morados a la hora que llaman del vermut, sin embargo, ya les decía, aunque sea un ratito piso la humedad de la orilla y salpico mis tobillos con la blanca espuma que, incansable, va, viene, desaparece y emerge.

Las señoras de mis compañeros de dominó, incluida la mía, no se pierden un día de playa. El bronceado se ve que les estimula aunque pasado un mes, o sea, en llegando el otoño se convierte en un ejército de gusanillos que no hay forma de detener. Lógicamente no me siento entre ellas, pues sería bendito entre todas las mujeres, sino que busco algo diferente y que siempre se encuentra en el recuerdo.

Nada mejor que hacerse el sueco y virar a levante e ir contemplando como el tumulto de sombrillas, broceadotes, chiquillería y cuchicuchis va disminuyendo hasta llegar a ese lugar solitario donde emerge la duna roja en la que un día de aquel marzo inolvidable delante de Gérsom, mi perro de las noches amarillas, leía en voz alta los versos de Witman y León Felipe.

Es en la roja duna, en aquel lugar que fui, donde busco la fórmula de volver a ser, pero no hay forma, no me encuentro, aunque estoy a la espera de conseguirlo en otra duna, la del asombro, en aquella en la que un día viví la cordura de la locura.

www.josegarciaperez.es

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