sábado, 7 de agosto de 2010

Eucaristía frutal



El culmen de la felicidad estriba en llegar, tras no dejar de hacer lo necesario, al tedio. Una vez instalado en el aburrimiento hay que pensar que realizar para llegar al éxtasis, ese estado de gracia donde la levitación se encuentra a la vuelta de la esquina.

Teniendo en cuenta que soy un vulgar jubilado congelado y que me encuentro en el lugar sagrado donde el viento silba nácar, blanca arena que Michelle Obama, gracias a Dios, no ha pisado, y hecha todas mis tareas, a saber: escribir el copo nuestro de cada día, pasármelo muy bien elaborando y poniendo al día el milagro de www.papel-literario.com, el más completo y ancestral suplemento literario digital de este inmundo mundo, iniciar a mi nieta Carmen en el malabar juego de las ecuaciones, contemplar que Rosamary, nuestra hija sigue siendo para nosotros una manifestación sagrada, ganarle un partida de ajedrez a mi yerno mediante un jaque mate imprevisible, suavizar con ternura las tiernas cervicales de mi nieta Elena, ahorcar cuatro veces el seis doble a un bendito bético, degustar unos tomates aderezados con varias especias, meterle mano a una buena paella elaborada en el Club Vera de Mar, probar el ron añejo “El abuelo” (me quedo con el pampero), mantener la tradición de vivir una siesta en su justa medida de tiempo y zambullirme hasta cuatro veces en aguas atlánticas, me dije, bueno y ahora qué.

Pues bien, ejercité mi sensualidad en el erotismo frutal. Para ello, tomé un afilado cuchillo y acaricié un par de melocotones. Con pulcro cariño introduje el cuchillo en sus corazones y fui cortando en pequeños cuadraditos su contenido que deposité con mimo en una verde ensaladera, a continuación supe del contacto de mis dedos con un dulce melón que, tras conseguir variadas miniaturas, fueron trasladadas junto a lo tacos de melocotón que asimilaron el pálido amarillo consiguiendo una combinación donde el oro brilló con luces de luna anaranjada, roja la sandía, sin pepitas de por medio, su corazón, escurridizo y acuoso se mezcló con el colorido anterior, a continuación hice auténticas filigranas con un plátano y una manzana del auténtico paraíso terrenal y, por último, el zumo de cinco naranjas regó los frutos de la tierra. Posé mis limpias manos en el interior de la ensaladera y acaricié su contenido con idéntica dulzura a como hay que hacer con los pechos de una mujer.

Mis manos desprendían el aroma de una auténtica eucaristía, eucaristía que compartimos en la noche, cuando el ficus adquiere dimensiones de templo sagrado.

Conseguí llegar al éxtasis.

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