martes, 17 de agosto de 2010

De José Blanco al dominó


Esta mañana, por ayer, me levanté de la cama con buen pie y un pellizco de apetito que hacía años que no ocurría. Fue por eso que cambié la segunda parte del cotidiano desayuno, la primera siempre es un zumo de naranjas, y en vez de deglutir el consabido mollete con aceite, deleité mi paladar calentando un poquito un bollo suizo que unté con mantequilla y me supo a gloria.

La lectura de la prensa la dejo para después del último bocado no sea que me agrie el invento, hecho que sucedió cuando leí que José Blanco aconsejaba que los impuestos habría que subirlos nuevamente para equipararnos con los cónsules de la zona euro.

Estaba en ello, o sea, en el cabreo, dándole vuelta al consabido asunto de que lo que debe hacer este gobierno, o el que sea, es igualarnos los sueldos y las pensiones con los citados cónsules, además de con otras regiones o nacionalidades de España y después, creo yo, subir la cabronada de los impuestos.

Vamos, que se iba agriando el dulce bollo suizo, cuando pensé que lo mejor era darme un garbeo por el club Vera de Mar y buscar una buena partida de dominó donde, con inquina y alevosía, volcar el atragantado bollo suizo y ahorcar un seis doble, no sea que mi locura me llevara a acordarme de mala manera de todos los familiares del tal Blanco.

El dominó, juego que ejercita la memoria y hace que el tiempo pase con la misma velocidad que cuando se está con el ser amado, tiene su liturgia o ceremonia; posee un lenguaje especial; cabe el chascarrillo entre jugada y jugada; es interclasista, o sea, es jugado por intelectuales, ricos, pobres, parados y gentes de todas las leches, pero el culmen se alcanza cuando uno descubre quién tiene el seis doble y se inicia toda una brujería ensartada de engaños y guiños para conseguir machacárselo al contrario.

Pasé una tarde noche inolvidable y aunque el seis doble sea la ficha más negra del dominó, cada vez que conseguí ahorcarla veía en ella el retrato del conspicuo Blanco.

Hasta cuatro veces lo pasé por la piedra.

www.josegarciaperez.es

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