sábado, 17 de julio de 2010

El Estado de la Nación Catalana


Me imagino al pulpo Paul balanceando sus tentáculos alrededor de tres urnas, con sus respectivos mejillones, etiquetadas con los nombres de España, Zapatero y Rajoy, intentando acertar cual de ellos ha sido el vencedor del debate sobre “el estado de la Nación” y compruebo alterado que el sabio cefalópodo no se decide por ningún mejillón. A esto que llega un tal Montilla y coloca otra urna con su bivalvo correspondiente y con la cartulina de Nación Catalana. Duda un instante Paul, pero es poco lo que tarda en zamparse el mejillón que contenía la urna que hacía mención a Cataluña.

Pudiera ser que tal hecho sea debido a que el verdadero estado de la Nación Española se debatiera el pasado 11 de julio cuando Iniesta incrustó el balón en la red holandesa entre un flamear de banderas españolas y al grito de “yo soy español, español, español” por todos los páramos, plazas, bares, pueblos y ciudades de la piel de toro. Si no es así creo que podría asegurar sin riesgo a equivocarme, que en el hemiciclo donde voté la Constitución Española no se ha producido ni siquiera un simple monólogo sobre nuestra nación soberana.

Claro que ese torbellino de banderas rojas y gualdas pudiera tener el sentido de “nación sentimental”, concepto que otorgó Zapatero a los ciudadanos catalanes que creen que Cataluña es una nación.

Están muy cercanas las ya próximas elecciones catalanas para que la clase política que se juega mucho parné y poder en las urnas sin mejillones, dejara pasar esta ocasión única de demostrar su catalanismo. Al tiempo que los del PP, que no llegan a ser clase, a lo más párvulos acomplejados, no defendieran a marchamartillo que ellos habían presentado un recurso de inconstitucionalidad al Estatut porque lo creyeron conveniente, y no la patochada de Javier Arenas poniendo cuñas de radio contra dicho Estatut al tiempo que estampaba su firma en el nuestro definiendo a Andalucía como realidad nacional.

Más tiempo, pero mucho más, dedicaron los portacoces de los grupos parlamentarios a dar de hostias a los del Tribunal Constitucional y a sobarse entre sí, que a levantar la esperanza de cerca de cinco millones de parados.

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