miércoles, 28 de julio de 2010

El Copo. Rhodas


La camiseta que me puse para desembarcar en Rhodas tenía otra leyenda diferente a la de ayer. En la parte que cubre mi debilitado tórax se lee: Elena es… y en la espalda … la hermana de Carmen. Cuando llegué al tropel de cruceristas haciendo cola para desayunarse todo aquello que cabía en las bandejas, un aplauso cerrado de buena parte de los hambrientos, orquestado por Sandra, consiguió ruborizarme.

Pasear por la isla de Rhodas, la perla del Dodecaneso, es deslizarse por la codicia histórica de un lugar a medio caballo del Este y Oeste y a tiro de piedra de la mágica Turquía. Como bella prostituta, sin necesidad de contactos en prensa, Rhodas ha pasado por manos de dorios, jonios, espartanos, Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, Solimán el Magnífico, italianos, alemanes y británicos, hasta que después de la II Guerra Mundial pasó a manos de la actual Grecia.

En Rhodas hay que saber perderse, acción difícil de realizar en cualquier lugar del mundo. Eminentemente turística, en esta isla puedes encontrar todo, menos a ti mismo. De ahí la necesidad de extraviarse, pues si no, aunque con sabor y aroma a historia puedes llegar a creerte que te encuentras en El Corte Inglés.

Las niñas disfrutaban de lo lindo probándose toda clase de gorros clásicos y babuchas para todos los gustos. Quedamos en vernos para comer cualquier cuchufleta propia del lugar. Hasta tanto, me las piré por un dédalo de callejuelas que conducían a las entrañas de la normalidad, o sea, de la pobreza.

En uno de esos vericuetos me encontré con ella. Blusa pálido verde desbotonada a la altura justa donde la imaginación entra en ejercicio, pantalón blanco ajustado que insinuaba una lúdica conjunción de piernas, con tirante cabello negro y unos labios que percibí glotones con perfume a melocotón.

Nos saludamos con un par de besos en las mejillas, eso sí, bien estampados, y comprendí que había química. Charlamos de cosas intranscendentes y nos despedimos con un beso furtivo, quiero decir que hubo un mínimo roce en la comisura de los labios, lo suficiente.

Quedamos en vernos por la noche en la mesa del blackjack, pero pasamos más tiempo acurrucados en cubierta.

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http://el-copo.blogspot.com o pinchando “el copo de pepe”
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