jueves, 29 de julio de 2010

El Copo. Esmirna


Entre las siete ciudades mencionadas en El Apocalipsis de San Juan, Esmirna, tercera localidad turca en número de habitantes, es una de ellas. Poco más podemos decir de esta cosmópolis, aunque en sus alrededores existen dos lugares que reciben miles de visitas: la llamada Casita de la Virgen y las ruinas de Efeso, ambas de hondas raíces cristianas.

La Casita de la Virgen es un lugar de peregrinación cristiana. No podemos decir Historia, pero es leyenda cristiana que tras la crucifixión de Jesús de Nazaret, Juan el Evangelista trasladó a la Virgen María a esa especie de valle donde vivió hasta que fue asunta a los cielos.

Efeso, sus ruinas son admirables, lugar donde se edificó el templo de Artemisa, diosa con múltiples pechos que volcaban su saber a toda la ciudadanía, debe su barniz cristiano a que entre sus calles vivió durante dos años Saulo de Tarso y fue allí, donde, además de otros “cartas”, escribió la Epístola a los efesios que ocupa un lugar preferente en el Nuevo Testamento. Tenemos que mencionar la más antigua biblioteca que se conoce, la del ciudadano Celsus, antítesis de vuestro Delegado de Cultura Municipal de Málaga señor Miguel Briones, hábil destructor de libros nacientes.

Como ya conocía de otro viaje estos lugares, me escaqueé de vírgenes y artemisas. Además, la noche anterior, en la mesa de blackjack, por cierto que me fue bien, sabía que Sandra iba a dedicar el día a relajarse en la cubierta del Zenith y a dar una vuelta por las inmediaciones del puerto de Izmir.

Me vestí de lujo, o sea, sin camisetas con leyendas, y una vez que los autobuses se habían marchado, salí a su encuentro en la cubierta de estribor.

-¿Salimos a dar una vuelta por el puerto?
-Pues claro, insinuó más que contestó. Vista a plena luz del día, sin humo y focos de la mesa de blackjack, tenía el atractivo propio de la naturaleza que todos deseamos poseer por un instante.
-Y eso de ser arqueóloga, cómo se lleva.
-Exactamente igual que tú llevas lo de ser y ejercer de abuelo, dijo, al tiempo que sorbía un té en el que la hierbabuena depositada en el vaso envidiaba el verde de sus ojos.
-Estamos jugando con fuego ¿no?
-No, estamos simplemente jugando. Me encantan tus manos, me dijo.
Se las entregué, las acarició y todo se convirtió en una abierta plegaria de amor.

Tuvimos toda la tarde para desplegar la lona del juego. Y el amor acampó entre nosotros. ¿O fue un sueño?

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