miércoles, 7 de julio de 2010

Aquellas verdes algas (y II)


Han estallado en mil pedazos las promesas. Tiemblan las verdes algas su fría soledad. Vuelve la Nada como reina esbelta. La tierra finge su dolor, se vuelve mustia. La sangre se detiene: prendo el fuego sagrado: arden los grises días.

Han llegado los tiempos del desorden. Ondean en los mástiles cadáveres de niños. Mueren las madres y de sus vientres cuelgan los hilos del amor. Se masturban los dioses. Apocalipsis. La cuna balancea solitaria a la nada. Vencieron los de siempre. Un latido de vida sostiene a los vencidos. Por levante navega la esperanza.

Los campos predicaron la noticia. La buena nueva sorprendió a los hombres: ¡se puede ser feliz!

Bajaron los ancianos a los valles ¿cómo? se preguntaban. Nos ha nacido un dios extraño y libre: llama al hombre a ser hombre y a la mujer, mujer. No quiere más ni menos.

Los ancianos, cogidos de las manos, subieron a los montes entristecidos: tarde había llegado la hora de ser. Uno de ellos detuvo su camino. ¡Aún es posible! Un nuevo hombre brilló en la vida.

He roto el pacto. Una nueva alborada se aposenta en la Tierra. Ya se alza en plenitud su amanecer, los cantos de victoria resuenan en los tímpanos. Ya caminan los hombres. Ya siempre serán verdes las algas de los mares.

Esclavos de las normas: dejad paso a los libres. Caminamos desnudos, nuestro paso es ligero, somos hijos del Dios que clama por la vida. Gozamos en la fiesta del amor. El dogma es la sinrazón. No existe más fe que la libertad.

La estúpida estación del siempreigual: ordeno, mando y obedezco ha dejado un sello de idiotez. Nos quieren libres, no esclavos. A veces pregunto a la vida por mi vida. Un silencio cargado de átonas dudas penetra el espacio donde deslizo mi tedio. No me someto a reglas jerárquicas. Intento poner ritmo a mi existencia y un frío soplo sisea en la ya frágil nuca de la utopía.

Me rebelo sumiso a los grilletes. Gozaré con los libres.

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