martes, 6 de julio de 2010

Aquellas verdes algas (i)


Son besos de quietud, láminas alargadas de mares condensados. Yacen por las arenas como gotas de soledad. Cambiaros sus entrañas de fresas sumergidas por tapices plegados en ondas soleadas. Lloran su fénix. Es un verde sendero de lágrimas cambiantes. Nacen de lo profundo de mi tiempo. Descansan en mi adentro, me taladran asesinándome. Pasto de sus llamadas, vomito convulsiones. Decaigo sin lamento. ¡Si pudiese soñar el sol de la ribera de aquellas verdes algas!

Sedimento cloacas de temores. Es el alma machita de pecado. Me lo decían desde la lejana tarima y fueron incrustados en mis blancos corales. Años de dioses y demonios negros. Negros los dioses, negros los demonios. El rojo era perverso. Campanada de escándalo el amor. Yo, quieto y frágil, mamando el opio de los pueblos moría a la infancia en mi vida.

Cuánto miedo de Dios en mi larga agonía. El frío de mi cuerpo se extiende en su pobreza. Estremezco en mi lecho. ¡Asesinos de niños, quebranto de inocencia! Yo también fui crucificado.

Abrasa un sol radiante, cual los ojos azules del niño que sisea calor en los pezones abiertos de la madre. Saborea la aldaba de mi vida preludios de la Voz. Rezuman aleluyas los cantos de los pájaros. Las arenas tropiezan entre sí. Los gritos de la historia golpean en mis sienes. Utopía de amor, el universo tiembla. Las estrellas copulan a los mares. Es el Dios nuevo.

Ha sido una ilusión, como aquella gaviota que posó el vuelo en mi roja sandalia.

Una nube de sangre centellea en mis ojos. Un instante de Dios. La lógica oscurece y amanece. Quiero estar loco y cuerdo. Vuela un ave camino de la noche. Yo despertaré al sol de la mañana.

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