martes, 8 de junio de 2010

Virginia


Hoy, por ayer, era un día que presentaba para mí ciertas dificultades. Estaba obligado a realizar una serie de gestiones. Sirvan como ejemplos pasar la ITV del viejísimo Toledo e ir al excelentísimo ayuntamiento de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia, a la búsqueda de un papel para finiquitar la ruina de tener que cumplimentar la declaración del fisco, ese maldito invento del que hoy se rumorea quieren amnistiar a los cuervos que se han llevado sus euros a paraísos fiscales.

La “caló”, la ataxia y ese no qué que me entra cuando estoy obligado a ir a un organismo oficial me tenían acogotado desde el domingo. Enfilé con cierta parsimonia y disimulando dolores calle Mármoles para abajo. La Tribuna de nosotros los pobres, y es que cada vez somos más, me pareció un recortado precipicio por lo que no tuve más remedio que encomendarme a todos los santos y atenazándome a la barandilla bajé los veinticinco escalones de tan temible escalera.

“En llegando” al Café Central, festejé la hazaña con media de churros y un corto amañado con sacarina. El agua fría mineral de Soria, no sé el porqué tenemos que consumir aguas foráneas, me supo a gloria bendita y ya, sin necesidad de pedir más milagros, atravesé, buscando la sombra, calle Santa María hasta plantarme en el eterno proyecto museístico de calle Alcazabilla. Y de ahí, al desierto del Paseo del Parque donde se procedía a retirar la feria de las vanidades, léase escritores.

Subía la coqueta escalinata de la Casona del Parque cuando me encontré con la siempre sonriente Virginia, la más bella criatura que mis ojos han contemplado. Era ella, me dije. Una limpia mirada de inocencia sacudió mi ser y sentí brotar en mí el estado de gracia. Iba acompañada de su madre. Ella siempre va acompañada de su madre. Hola, ¿te acuerdas de mí? No pudo pronunciar palabra, o sea, no puede pronunciar palabras porque es la más linda paralítica cerebral de este mundo que ella, Virginia, ve maravilloso.

Ella, Virginia, y cinco criaturas más de Dios iniciaron, iniciamos, en el Colegio Público Bergamín la primera aula oficial de paralíticos cerebrales. Qué se esconde tras un cerebro de esas características, qué se esconde tras ese perfil humano capacitado para escribir con los dedos de los pies, qué milagro se esconde tras esa permanente sonrisa de Virginia, por dónde escaparon mi ataxia y la “caló”.

Para ser feliz nada como toparse con la inocencia.

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