sábado, 19 de junio de 2010

Ronnie Lee Gardner


Ronnie Lee Gardner ha sido fusilado en las afueras de la mítica ciudad de Salt Lake City del estado de Utah, Estados Unidos de América, cumpliéndose así su condena a muerte.

Los amantes de cine del Oeste Americano hemos visto en innumerables ocasiones secuencias sobre esa ciudad, sus habitantes los mormones y las matanzas habidas en las caravanas de pioneros que cruzaban el territorio de Utah.

A este territorio se le conoce como el corazón de los Estados Unidos de América. Un rancho, una bandera, una biblia y un rifle han sido las señas de identidad de una concepción de entender la vida. Desde luego que Utah es un fortín republicano, donde los demócratas no se comen un pimiento.

Lee Gardner condenado a muerte por el asesinato de un abogado tenía la posibilidad de ser ejecutado mediante la inyección letal, pero él, sabedor de sus derechos, eligió que fuese pasado por las armas. Ya, con anterioridad, había comentado que “el que vive a tiros, muere a tiros”

Ha sido sentado en una silla especial, se le ha dibujado una diana alrededor de su corazón y a siete metros de distancia, cinco voluntarios, reclutados de las fuerzas especiales, con fusiles de 7 milímetros de calibre han hecho blanco. Con anterioridad, a los voluntarios se les repartió cuatro balas de verdad y una de fogueo, para que siempre quedara pendiente de un hilo la posibilidad de no haber sido verdugo. A eso se llama cálculo de probabilidades.

Se dice, aunque los mormones lo niegan, tal vez con razón, que cuando alguien derrama la sangre de otro, solamente se obtiene el perdón de Dios, que para algunos es fundamental, cuando uno derrama su propia sangre.

Ronnie Lee, apellido de célebre general sudista, paladeó, antes de su muerte, langosta, seven up y tarta de manzana. Murió según las leyes del Estado democrático de Utah. Qué será peor, me pregunto, lo de Guantánamo o lo ocurrido en la ciudad de Salt Lake City, la ciudad que creara en el siglo XIX Brigham Young, líder espiritual de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.

No olvide, querido lector, que seguimos viviendo en el siglo XXI.

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