viernes, 11 de junio de 2010

Málaga, ciudad infinita, y Cantabria también


Cualquiera que lea el título de este artículo puede pensar que el menda está torpedeando la utopía de que Málaga, la ciudad que todo lo acoge, pueda convertirse en “Capital Cultural de Europa, 2016”, y nada más lejos de ese vil pensamiento.

Cuando me pongo delante del ordenador, lo primero que hago, una vez que he escogido el tema a tratar, es introducirme en google y comprobar que hay sobre el mismo.

En este caso, como la Fundación Málaga Cultural 2016 que preside Juan López Cohard, tras un laborioso estudio de marketing y expertos, ha decidido que el slogan con el que Málaga concurse a tan alta distinción ha sido el lema “Ciudad infinita” y dado que el adjetivo infinito/a es un término a caballo entre lo puramente matemático y filosófico, a fin de no meter la pata me he introducido en el espabilaburro de Internet y he pinchado: “infinita, definición”.

La sorpresa ha sido mayúscula cuando me he encontrado con múltiples entradas que hacen alusión a “Cantabria, infinita”, por lo que he pensado nuestro gozo en un pozo, o lo que es lo mismo, tras una andadura de años, a través de la Oficina de la Capitalidad Cultural pilotada por Mesa, Montáñez, etc., hasta llegar a los supremos sabios, hemos copiado, sin caer en la cuenta y buscando la originalidad, el lema de Cantabria que no olvidemos, su capital Santander, es tal vez la ciudad rival más importante que nos podemos encontrar.

No voy a pedir la dimisión de nadie, entre otros motivos porque no me van a hacer puñetero caso. Vivo la inmensa soledad del hijo furtivo, aquel que se balancea en el filo de la navaja, y hasta cuando paseo por este bello rincón en el que lo sagrado se detuvo para hacerse ciudad incomparable tengo la sensación de ser un extraño en medio de esta mediocre marejada donde tres o cuatro tribus ejercen de gurús culturales.

Sin embargo, si “infinito/a es todo aquello que no tiene ni puede tener fin o término”, pensemos que tan sólo en la eterna ebullición de este pequeño universo, Málaga, que se hace y deshace, pero es sensible a cualquier desgarro de ideas, puede encontrar su carta de ciudadanía cultural y navegar, a pesar de su falta de timoneles, hasta Bruselas.

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