lunes, 14 de junio de 2010

La conversión de Zapatero


Fue un grato espectáculo ver la imagen conjunta del Papa Benedicto XVI y el presidente Zapatero. Aquel hombre todo vestido de blanco junto al vestido de oscuro, el intercambio de regalos, el garbo de uno y la sonrisa del otro, el chocar de las manos de ambos, los sillones de distinto tamaño, la camaradería reinante, los ministros Moratinos y Tarcisio Bertoni, el catolicismo y el socialismo unidos durante media hora, la tradición y la modernidad, la jerarquía y la democracia, y el adiós.

El, Zapatero, alumno de las Discípulas de Jesús, o cosa así, Benedicto, Jefe de un Estado donde son las almas las que cuentan y Zapatero de otro donde cuentan los parados. De qué hablarían ambos políticos, sobre qué temas charlarían el santo religioso y el santo laico. Qué asuntos fueron los tratados. Secreto de Estado. Amén.

Lo único claro es que si bien Benedicto XVI parece ocupado por los pobres, los oropeles que le acompañan le atribuyen, aparentemente, una pasta a la que podría metérsele un bocado de IRPF de muy señor mío. También ha quedado nítido en estos últimos días que si Zapatero era, o al menos parecía serlo, el gobernante de los desheredados se ha pasado al bando de los ricos tras pegarle una tarascada a funcionarios, congelar la nómina de los jubilados y hacer mohines con la derecha pura, léase CEOE, y dejar en la estacada a los apóstoles Méndez y Toxo.

Felipe González, hace bastantes años, se desnudó del marxismo. Ahora Zapatero lo hace del socialismo, al tiempo que María Dolores Cospedal afirma que el PP, mientras Mariano Rajoy va de caracolada en caracolada, es el nuevo partido de los trabajadores.

Pasado mañana, cuando la roja dé buena cuenta de los suizos, Zapatero hará lo mismo con los sindicatos y presentará su propuesta de reforma laboral. El santo laico va cada vez a más, y aunque es cierto que ha existido algún que otro pugilato de lucha de clases, la base del actual sistema de relaciones entre obreros y empresarios estaba basado en el hombre, Franco, que bajo palio, igual que el Santísimo, cruzaba el dintel de las catedrales españolas, Zapatero, tras su conversión, comienza a ser merecedor de iguales prebendas.

Aleluya, Zapatero se ha convertido.

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