sábado, 8 de mayo de 2010

Una maravillosa noche


La noche del pasado jueves viví la felicidad a tope en Antequera. Iba predispuesto al asombro, pues ahí, en esa esquina, la del asombro, es el lugar idóneo para encontrarla. Me tocaba la difícil tarea de presentar en un recital “… de poesía con Unicaja” a dos grandes poetas: Manuel Alcántara y María Victoria Atencia, unidos por primera vez ante un público amante del milagro de la palabra.

Penetré sus obras, intenté apropiarme de sus leves y sencillas maneras de concebir el hecho poético y encontré entre sus papeles dos poemas con el mismo título: Mar.

De manera que comencé la liturgia del ofertorio leyendo ambos. Primero fue el de María Victoria: “Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:/ comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas./ Rozaría una jábega con descolgar los brazos/ y su red tendería del palo de mesana/ de este lecho flotante entre ataúd y tina./ Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas.// Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho/ pone olor de Guinea en la ropa mojada,/ pone sal en un cesto de flores y racimos/ de uvas verdes y negras encima de mi almohada,/ pone henchido el insomnio, y en un larguero entonces/ me siento con mi sueño a ver pasar el agua.”

Continué con el poema del maestro Alcántara: “En medio de la noche el mar sin sueño/ cuenta peces y estrellas desvelado;/ en medio de la noche el mar cansado,/ como un perro olvidado por su dueño.// La ola se frunce en numeroso empeño,/ algas condecorándole el costado,/ y el mar dentro del mar ha naufragado/ igual que un río frágil y pequeño.// Lluvia de Dios sirviera de semilla/ a su arboleda azul y su cadena/ cuando el mar se inventaba aquella orilla.// Una postura suya busca el centro;/ desertor inconforme de la arena,/ el mar tiene un dolor de tierra adentro.”

Una misma realidad y dos diferentes ensoñaciones convertidas en milagros. Y es que la palabra cuando cascabelea en ritmo endecasilábico, adquiere caracteres de mágica prestancia.

María Victoria y Manuel encandilaron al público, del que yo formaba parte. Y llegó el postre, ya saben, la ceremonia de la conversación ocurrente e íntima.

Total, que fui feliz.

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