miércoles, 19 de mayo de 2010

Camps y el chulo de putas


Poco entiendo de trajes y demás prendas de vestir. En contadas ocasiones me he acercado a un comercio para comprar tales atuendos. Me dejo llevar por el gusto de la parienta y, que yo recuerde, solamente en una ocasión he adquirido una americana verde pistacho que hizo las envidias del mundo poético. Era de todo menos discreta, de ahí la pelusa que creaba a su alrededor.

Lo que se dice regalos, los propios de la Noche de Reyes y siempre de la mano de familiares. Ello no quiere decir que no recibiese promesas de ellos. En especial en los tiempos que ejercía de Director de Grupo Escolar y se abría el plazo de matricular a la chavalería. Las madres, siempre eran las madres, llegaban con la solicitud en una mano y en la otra la promesa fácil de “don José usted esto no lo perderá”, pero la espera siempre fue tan grande que el pollo o la tripa de salchichón debió perderse por el camino.

El Tribunal Supremo ha dictaminado que los famosos trajes de Francisco Camps, Presidente de la Generalitat Valenciana, los ha recibido aparentemente de forma repetida y con cierta opacidad. No sé en qué puede terminar este presunto chalaneo de trajes y favores, pero lo que sí tengo claro es la rareza de este maniquí valenciano al que parece ha vestido El bigotes y sus amiguetes. Lo extraño, no entro en la penumbra de la moral del señor Camps, es que aceptase y/o pidiese, presuntamente por supuesto, trajes como regalos. Lo digo porque con el talle de filigrana que posee, debe ser muy difícil encasquetarse a la primera de cambio un traje que le caiga de puta madre, o sea, que debía pasear su talle de sastrería en sastrería para que le tomasen medida y encajase el traje en el esqueleto del gobernante, eso y además tomarle medida en la cojonera con el respingo que siempre produce la contumaz medición.

Cuando el chulo de putas era un chulo, su puta siempre le regalaba o un buen anillo, discreto como mi americana verde pistacho, o un traje para que lo pasease de forma pinturera. Quiero decir, no sé si lo hago correctamente, que el traje como regalo era propio de esa extraña sociedad conformada entre la explotada y el explotador.

No seré yo el que insinúe que Camps se mueve en ese fango social, pero si digo que aceptar trajes como regalos ha sido siempre propio del chulo de putas. Y es que hay que tener muy mal gusto.

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