viernes, 28 de mayo de 2010

Abstenerse


Un todo músculo treintañero tenía agarrado con su mano izquierda el cuello a un anciano de más de 80 tacos mientras con la derecha le daba de hostias a toda pastilla. En la cafetería Lepanto de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia, estaban sentados dos señores de orden, catalán y canario ellos, comentando, al tiempo que sorbían sus respectivos cortados y fumaban sendos puros, el triste espectáculo que tenía lugar a escasos metros.

Estaban, lógicamente, en totalmente desacuerdo con lo que veían. Es una vergüenza, no hay derecho, lo va a matar, etc. De repente el de Canarias hizo un amago de levantarse y tomar parte por el débil, pero el de Catalunya, muy respetuoso, eso sí, y con tono pausado le sopló: -mira, bien pensado esto ni nos viene ni tampoco nos va.

Así que optaron por seguir charlando de los problemas de España, la crisis, Mourinho, Pep y la “roja”. Llegó una ambulancia y al viejete le tuvieron que poner oxígeno tras los esfuerzos que había realizado para salvarse del agarrotamiento de la izquierda del fornido y cobarde treintañero. Los dos abstencionistas espectadores se acercaron a los servicios médicos de la ambulancia para ayudarles a introducir en ella al pobre jubilado.

Este cuentecillo sin importancia en el que intento retratar que cuando alguien se abstiene en una trifulca entre un poderoso y un débil, lo que en realidad está haciendo es apretar la yugular del desheredado y subirlo posteriormente en la ambulancia es, justamente, lo que han hecho Convergencia i Unió y Coalición Canaria en la sesión del Congreso de los Diputados celebrada ayer.

Abstenerse en la congelación de la limosna de numerosos jubilados es una atrocidad política y social. En estas cuestiones de insolidaridad hay que mojarse, no cabe, pues, ahora la martingala de que esta es nuestra decisión por el bien de España, pues suena mal hasta la palabra España para ocasiones como las de ayer.

No me extrañaría que hoy, en los sondeos que realiza la canallesca, aparezca Durán i Lleida, como el vencedor del debate sin haberse mojado en la defensa del débil.

Así somos.

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