miércoles, 21 de abril de 2010

Preso de la Guerra Civil española


Republicano de nacimiento, enero de 1936, he pasado toda mi vida, que ya es dilatada, escuchando, leyendo, dialogando y discutiendo sobre nuestra Guerra Civil. Me imagino que, en ocasiones, la leche que mamaba de los pezones de mi madre llegó a tener color sangre. Y eso que en mi familia no hubo ningún muerto y/o asesinado por el fratricidio de los españoles. Mi infancia en el Colegio de la Salle se diluyó, nunca fue infancia, entre manidos pecados mortales, meses de Mayo con flores a María y cantos de marchas militares y el consabido Cara al Sol, aunque todo aquel rosario de nacional catolicismo quedaba diluido por la tópica limpieza de lentejas en compañía de mis hermanos y padres.

Pienso que cuando me destetaron, pusieron una mordaza en mis labios para que no comentase, más allá de las paredes de la casa verde mata donde me criaron, nada de lo que oía. Oh, Dios, maldita generación del silencio.

La juventud me llevó a escuchar más voces contradictorias, a leer algo más de lo políticamente correcto de aquel tiempo donde el azul mahón reinaba, pero fue en mi primer destino como Maestro Nacional, tiempos de hambre en Dos Hermanas, donde descubrí a los auténticos protagonistas de aquella cruel guerra civil: los maestros escuelas represaliados y los no represaliados por el régimen franquista. Fueron ellos, los de un bando y el contrario, los que descamaron mis ojos.

El destino me condujo a la política y por pura carambola desemboqué en 1977 en el Congreso de los Diputados, lugar de encuentro de los desencuentros: Dolores la Pasionaria, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Antonio Carro, etc. Allí se coció la Constitución Española y, antes de ella, la Ley de Amnistía de 1977, en la que en su artículo 1.4 se lee “Quedan amnistiados todos los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos…” y en el artículo 2.1… se sigue leyendo “están comprendidos en la amnistía: a) los delitos de rebelión y sedición, así como los delitos y faltas cometidas con ocasión o motivo de ello…” y a partir de ahí un chorreo total de amnistiados que intentaba superar el odio de ambos bandos.

Aquel día histórico salí contentísimo de la bancada de UCD y comprobé que junto a miembros de otras bancadas, PSOE, PCE, etc., todos nos dábamos la enhorabuena.

Pero todo aquello fue un espejismo, porque el guerracivilismo está instalado en el corazón y memoria de algunos españoles, y es una buena maquinaria para obtener un puñado de votos en cualquier clase de elecciones.

Y si algunos, bien por edad o bien por pesadez o bien por intentar vivir en paz, ya lo han superado, solamente es necesario que un juez, caso de Baltasar Garzón, por error o conscientemente, se salte la Ley de Amnistía a la torera, para que se arme la marimorena y Gaspar Llamazares introduzca una “Proposición no de Ley” con la que intentar remover las cenizas del pasado y finiquitar la amnistía -perdón y reconciliación- a que tenemos derecho todos los españoles, o sea, que seguiré estando preso de vuestra particular Guerra Civil, la electoral.

Pero estas cenizas pueden trae peores consecuencias que las que escupe el volcán cuyo nombre me niego a escribir.

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