martes, 23 de febrero de 2010

JUNTOS


Quince mil soldados forman, por ahora, la operación que la OTAN ha enviado a la ciudad de Marjah, bastión de los talibanes. Quince mil soldados entre estadounidenses, canadienses, británicos y afganos, a los que se les ha dado la orden de finiquitar el mayor número posible de insurgentes. Quince mil soldados que conforman la operación que lleva por nombre “Mustharak”, vocablo afgano que significa “Juntos”.

Hasta el momento no sé cuántos talibanes han muerto y cuántos miembros de la operación “Juntos” han pasado a peor vida. Tan sólo se sabe los asesinados por error, o sea, los daños colaterales que se están cebando en la otra población, la que sufre y padece el estallido de la guerra, palabra ésta que Zapatero y Rajoy se niegan a pronunciar.

Sabemos que han muerto, por error, cinco civiles en Kandalar, siete policías afganos no sé dónde, otros doce civiles en Halmand y ayer otros veintisiete más en el distrito de Kajran, en pleno éxodo del pueblo afgano que igual huye de los soldados de la OTAN, de los taliban y de los llamados señores de la guerra. De manera que, nosotros sepamos, han existido hasta el día de la fecha, vamos a ponerlo en dígitos, 51 muertos por efectos colaterales o por errores del más sofisticado ejército que hay preparado para matar y del que España forma parte, aunque en esa operación, “Juntos”, no está por chiripa.

Estarán de acuerdo conmigo en que no existen en esta ocasión esas estremecedoras imágenes a que la camada de televisiones nos tenía acostumbrados cuando existían otros efectos colaterales. Convendrán en que, a excepción de unos minúsculos grupos parlamentarios, el resto de nuestros representados en el Congreso aprueba con pastosa facilidad el envío de tropas para ayudar al último Premio Nobel de la Paz, señor Obama. Compartirán, quiero creer, que aquel pacifismo que se extendió de Norte a Sur y de Este a Oeste de nuestra nación, cuando el NO a la guerra, ha sido introducido en el baúl de los objetos olvidados. Y seguro que muy pocos estarán de acuerdo en que los padres de los chavales afganos asesinados por error, tendrán una pizca de razón si comienza a anidar en sus mentes el lúgubre deseo de venganza.

A mí, no sé a usted, todo este tinglado de ardor guerrero fuera de nuestras fronteras me empieza a parecer absurdo y, esencialmente, peligroso.

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