martes, 26 de enero de 2010

Setenta y cuatro


Hoy hace justamente setenta y cuatro años que mi madre, mujer serena, miró sin miedo a los cielos, cerró los puños con fuerza y sin soltar un gemido saqué la cabeza fuera. Hurgaron carne con carne tirando de mis muñecas, y ni lloré yo al nacer para que no llorara ella, o sea, es mi cumpleaños.

Era todo tan fácil. Estaba todo tan cerca de mí: el pezón de la madre, el gris de aquellos ojos, la serena mirada de vigilia. Era todo tan fácil, que nunca quise despegar de allí. Los años y su roce desnudaron mi ser a la intemperie, y un recodo de frío habitó para siempre mi existencia. Ahora, después de setenta y cuatro años, cuando suenan tan lejos las palabras de los hechos, la vaga estancia balancea de nuevo su profundo y sisean sus mimbres mi persona.

Jugué al Zorro, al trompo, a las bolas, al escondite, a piola, al pincho y a saltar las ascuas encendidas en la Noche de San Juan. Formé parte de pastorales familiares, toqué el pandero y la zambomba al tiempo que los mayores bebían anís del Mono, coñac Terry y licor Calisay. Y sin darme cuenta, un día, mientras estudiaba el bachillerato de los siete años y la reválida de Estado, caí en la cuenta de que había dejado de ser niño.

Una adolescente de revoltosos rizos, capaz de cruzar un río con un paraguas como bastón, extendió una lona de amor sobre mi vida, apareció una tienda de campaña y en ella nos alojamos y seguimos alojados hasta hoy. Fruto de nuestro amor, nació un milagro, la niña, y ya fuimos tres los afortunados en esta aventura de vivir.

Sé de los niños del Rif, de los del suburbio del Cerro Blanco de Dos Hermanas, de los del Valle del Azahar y del Barrio de La Trinidad. En ellos deposité todo el amor que pude y los conocimientos que creí necesarios para que supieran enfrentarse a la vida.

He sido Dios y Demonio, o sea, he sido humano hasta el límite de mis posibilidades. Tal vez en alguna ocasión hice mal a alguien, pero sería de forma inconsciente. He sentido posarse en una sandalia roja el milagro del Amor y he comprobado que alzaba su vuelo para posarse en otro ser y quedar yo como desnudo. Y es que el Amor, Dios, nos acurruca y nos deja huérfanos en cuanto nos cubrimos de apariencias para no ser lo que somos.

Me agrada más ser niño que hombre de cuerpo entero, y es por ello que mis nietas son dos juguetes a las que lleno sus cabezas de cantos de pajaritos.

Descansan por aquí viejos aplausos y sonrío a mis propias carcajadas. Desde aquí, desde esta edad, la otra orilla que divisan mis ojos con asombro parece limo fértil del río palpitante que deseo abrazar.

Y es aquí, ahora, donde siento cercanas las voces que me llevan hasta allí.

Este, desnudo de florituras, es mi verdadero currículum; por el brindaré hoy.

5 comentarios:

  1. Estimado Don Pepe:
    Podría llamarle Sr.García pero no me gusta porque me recuerda a un periodista deportivo, también Pepe pero con María y es que siempre me ha caido muy gordo el butanito.
    Pues... esperando me perdone la confianza, mi deseo es FELICITARLE y DESEARLE nos cumpla otros tantos. ¿Dificil? ¡Qué va! Lo dificil, amigo mío, es posible.
    Un abrazo fuerte y tantos tironcillos de oreja como años tenga en su DNI.

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  2. Gracias amigo.
    Llegar a esta edad viene a ser, creo, como la inmortalidad, pues la verdad es que esto, que llaman vida, se está poniendo "pesao"
    Un fuerte abrazo.

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  3. Gracias, muchas gracias, mi querido amigo Pepe, por regalarnos cada día una rosa inmarchita de tu precioso bagaje íntimo. Ello enriquece la vida de cualquier peregrino que cree en el beso, en la palabra desnuda y en la sonrisa de un niño. Francamente, eres genial.
    Un abrazo fraterno y solidario
    Carlos Benítez Villodres

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  4. Ser parte importante de este Currículum es todo un privilegio. Nosotras hemos brindado por él.
    Felicidades, papá

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