martes, 5 de enero de 2010

La magia de la inocencia


La noche anterior a la mágica, un amigo que vive la soledad con disimulo me llamó por teléfono para echar un rato de conversación porque sí, la mayor de las razones. Llovía en plenitud, pero no lo pensé un instante. Recogí el paraguas y Mármoles abajo me zambullí en la iluminada Larios al encuentro del amigo. En la barra de Puerta Oscura, calle Molina Larios de Málaga, hice de Rey Mago veinticuatro horas antes que la chiquillería aplaudiera a la mágica trinidad de Melchor, Gaspar y Baltasar.

Bebimos y hablamos, y hablamos de lo divino y lo humano sin separar ambos conceptos, o sea, de todo lo que el ser encierra en sus adentros y de lo poco que saca al exterior de ese poso sedimentado en el que se mezclan realidades e ideales, vivencias y ficciones, lo que se quiso ser y lo que creemos que somos. Y seguimos bebiendo y hablando hasta altas horas de la madrugada, y terminamos siendo más amigos.

Hoy tocaba escribir de la magia de esta noche de Reyes Magos que yo, porque sí, había adelantado veinticuatro horas en ese intercambio íntimo que se produce cuando, sin llegar al máximo, los vapores etílicos nos devuelven la sinceridad que la sociedad nos arrebata en su cinismo.

Sin nada a cambio, doné al amigo y él a mí, relatos de nuestras vidas y nos enriquecimos mutuamente como aquel chaval que montaba un largo palo terminado en un cartón con forma de cabeza de caballo y que recorría, con la maravilla de la imaginación, extensas praderas donde los sioux de Toro Sentado eran felices, o sea, quiero decir que fuimos niños aunque algunos, al vernos horas en sendos taburetes delante de unos güisquis, nos tomaran por otra cosa.

Hoy, por ayer, veo a la sociedad amontonada y empaquetada, comprando regalos, pero los regalos no se compran, no están a la venta. Tal vez alguien habrá pensado cómo obsequiarme. Que nadie se masturbe la mente con esa cuestión, pues lo que deseo no está al alcance de nadie.

Quiero recuperar la inocencia de aquel niño de la posguerra al que un día el Rey Mago Baltasar, en una noche mágica, dejó a mis pies un palo largo terminado en un cartón con forma de cabeza caballo y con el galopé y vencí al general Custer en la batalla de Litle Big Horn.

La inocencia es la magia. Y viceversa.

4 comentarios:

  1. Estimado Caballo Loco:
    Se te ve espíritu de libre vencedor.
    Sigue cabalgando por las praderas mágicas de Montana y al séptimo... ¡qué le den!
    JAU

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  2. Que buen regalo de Reyes me acabas de dar, amigo Jesús, como perfecto conocedor de las tribus indias.
    Jau, Jau

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  3. Hola Pepe, me gustó eso de "vive la soledad con disimulo", expresión hermosa que yo no encontraba, algun dia te citaré con ella... feliz 2010

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  4. Gracias, desconocida Ana, por leer alguna que otra vez estas vagas ideas

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