jueves, 24 de diciembre de 2009

Y que sea lo que Dios quiera


Esta noche, que es la buena, el personal cristiano se reúne para cenar algo mejor que cualquier otra noche y, unos de forma consciente y otros de manera inconsciente, celebran el inicio histórico de una nueva era, la cristiana, con el jalón del nacimiento del niñodiós.

Con el estribillo de “beben y beben y vuelven a beber”, tomo un pandero, mi compañera Rosi una zambomba y delante del Nacimiento nos marcamos el mismo villacinco que, heredado de la señora Antonia, mi madre para más señas, surca aires de niñez. Dice así: “Por los caminos del cielo/ se pasea una doncella./ Se llamaba Encarnación/ porque Dios se encarnó en ella.”

Hecho el número, los dos solitos, pues hija y nietas están con los consuegros, comenzamos a tomar pequeñas delicadezas que para dos no significan ningún gasto insoportable. Yo la miro, ella me mira, nos miramos, hablamos algo, contemplamos mutuamente nuestras huellas del tiempo -que el vulgo llama arrugas- y nos queremos y toleramos, sin grandes aspavientos, como todos los días de los cincuenta años que llevamos viviendo juntos.

Cumplimos con el rito navideño, pero no por cumplimiento sino porque nos sale de las ocultas raíces que entrelazan nuestros dos troncos. Es casi seguro que pasadas un par de horas, ella me preguntará si la sigo queriendo, a lo que como todos los años le hago ver que si estoy junto a ella, con matraca o sin ella, será por algo.

Nos agrada más la sidra El Gaitero que el Cava catalán, por lo que con mucho cuidado nos soplaremos una botella entre los dos, aunque mañana cuando me pinche para ver el nivel de azúcar, éste haya subido algún que otro entero.

Después llegará la separación en distintos televisores; un servidor a la caza de una buena película y Rosi a la búsqueda de un entretenido programa. Ya en estancias distintas, y a fin de que no se me enfade, me pego entre pecho y espaldas dos lingotazos de un buen ron que me ha regalado un mejor amigo, me pongo morao y en plan chitón me voy para la cama.

Y que sea lo que Dios quiera.

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