domingo, 27 de diciembre de 2009

El hombre del acordeón


Nariz aguileña, alto y fuerte como un roble, unos 55 años de edad, piel cobriza, venido quiero creer de tierras amazónicas, vecino inusual desde hace un lustro, amante del fútbol que siempre ve de pie en el bar Gran Vía de calle Don Cristián con una cerveza en la mano, una, nunca apoyado en la barra y siempre en el dintel, o sea, medio adentro o medio afuera, parco en palabras, sustenta toda su existencia en un acordeón y en lo que dijeron sus antepasados: la Tierra es del agua y del aire.

Tiene su casita a la entrada de un garaje, pero fuera de él. La ha construido con pulcras cajas de cartones que mima de forma desmesurada. Abre una ventana durante el verano y la cierra en invierno. En su interior posee una colchoneta, mantas y un pulcro retablo donde resguarda su tesoro: el acordeón.

A él, al hombre de la tierra y del agua, lo pueden observar a las puertas de grandes almacenes sentado en un taburete y acariciando con la mano derecha el diapasón y con la izquierda los botones que le sirven como acordes para el acompañamiento, no pide limosnas, sino que trabaja artísticamente con su instrumento musical y algunos transeúntes, atiborrados de paquetes, depositan céntimos y algún que otro euro.

No escucha los Mensajes de Navidad de Su Majestad el Rey, del presidente del Gobierno de España, del presidente de la Junta de Andalucía y del excelentísimo señor Alcalde de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia, sino que los hace realidad, en especial el de la última autoridad citada, Francisco de la Torre Prados, porque él, el hombre de la tierra y del aire, practica la Cultura bastante mejor que el Delegado Municipal de ella, señor Briones, y no me atrevo a decir que sea superior en tecnología al señor Romera, director del Parque Tecnológico de Andalucía, pero su casita es más sencilla y funcional que las de la Ciudad de la Ciencia.

Todas las tardenoches echo un rato con el hombre de la tierra y del agua, y aprendo, vaya si aprendo.

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