miércoles, 4 de noviembre de 2009

Francisco Ayala, 103 años de vida


Vivir 103 años sin perder el tiempo es un milagro y Francisco Ayala parece que lo consiguió; otros, lo perdemos, o sea, nos aburrimos y vamos dando trompicones a diestro y siniestro.

Sus estudiosos, que ahora repartirán dividendos, hablan de su extrema curiosidad por todo lo que le rodeaba, fueran círculos próximos o remotos. De ahí su longevidad y lucidez, pues lo lúcido aparece cuando al curiosear en los mil y un detalles se van descubriendo mundos. Cada nuevo mundo se convierte en un asombro y éste, el asombro, es lo que hace que el hombre, por supuesto que también la mujer, no se convierta en un muermo en el siempre territorio estúpido de lo conocido.

Vivir un siglo y una pizca de otro da para mucho. Por ejemplo se vive la Primera Guerra Mundial, la gran depresión del 29, la Segunda Guerra Mundial, la Monarquía de un Borbón, el advenimiento de la II República, la Guerra Civil española, el exilio, la vuelta, la Monarquía Parlamentaria, un güisqui y otro en una cafetería de la Gran Vía madrileña, la humilde intelectualidad, el sonrojo del Premio Nacional de las Letras, del Príncipe de Asturias y del Cervantes.

Se vive el cambio del mundo rural granadino a la aldea global o de la mesa de camillas a navegar por Internet. Se engulle don Francisco otro güisqui y da a luz novelas como “El fondo del vaso”, “Muertes de perro” o “La cabeza del cordero”, entre miles de papeles de Ensayo, Narrativa y excelentes Traducciones, y todo ello ejerciendo el Periodismo, al tiempo que, sin prisas, saborea un buen vino.

Ayala es pura envidia de la buena para todos los que peinamos dos dígitos que empiecen por siete u ocho, o sea, setenta y tantos u ochenta y los mismos. Y es que ya se lo vamos diciendo a los íntimos, que no siempre tienen que ser los próximos, “lo que yo deseo es que la chorla no me falle”, pues eso, que a don Francisco no le falló el tarro en sus 103 años.

Así, como él, sin aburrirse, a cualquiera le gustaría llegar a los 103 tacos.

1 comentario:

  1. Su cuerpo y solo su cuerpo es el que se ha marchado. Sus letras, junto a toda una generación de "magos" se queda para nosotros. Somos los que tenemos que cuidarla.

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