martes, 24 de noviembre de 2009

El "Elio Antonio de Nebrija" para Manuel Alcántara



Ha sido una buena ocurrencia de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía la de crear el Premio de las Letras Andaluzas “Elio Antonio de Nebrija” para premiar la trayectoria de un escritor a lo largo de una vida dedicada al difícil arte de crear y colocar las palabras en su justo lugar.

Me honro de presidir tal Asociación y me congratulo de tener un equipo responsable en la difícil tarea, a veces incomprendida, y recuerdo en estos momentos a un mercenario poeta que sinuosamente atacó esta carga de responsabilidad.

Un acierto el nombre del premio “Elio Antonio de Nebrija”, un andaluz de Lebrija (Sevilla) que en el año 1492 organizó toda una amalgama de reglas para construir la primera “Gramática Castellana o Española”, un preciado monumento para que millones de discípulos fuésemos adquiriendo el hábito de escribir correctamente y de situar los vocablos en el lugar justo.

Cuando Elio Antonio de Nebrija entregó este legado a la reina Isabel la Católica, la señora se lo agradeció y vino a decirle que para qué semejante libraco si ella hablaba correctamente la lengua castellana. El de Lebrija, me imagino que con cierta cachaza, le contesto: “es un instrumento para construir un Imperio.”

Y llevaba razón el buen latinista, gozamos de un imperio de comunicación que se extiende a lo largo y ancho del mundo. Son millones, numerosos millones de ciudadanos del mundo los que saben engarzar el nombre con su adjetivo, usar los verbos de manera correcta, diferenciar los artículos determinados de los indeterminados, usar las tildes de forma correcta, etc.

No ha sido difícil otorgar este I Premio de las letras Andaluzas “Elio Antonio de Lebrija” a Manuel Alcántara. Es toda una vida la suya dedicada a escribir como Dios, pero sin renglones torcidos. Desde sus crónicas de boxeo -que habrá que recuperar-, pasando por la sencilla profundidad de la musicalidad de sus poemas hasta llegar a ese lienzo diario de su columna periodística que con los pinceles de la auténtica ironía, la pizca poética con la que la barniza y ese magisterio de saber llegar al lector y obtener de él, un día sí y el otro también, una franca sonrisa, lo hacen máximo merecedor de este I Premio de las Letras Andaluzas.

Estamos, pues, de enhorabuena, por más que les pese a algunos. Y no sería justo por mi parte el no hacer público el patrocinio de Fundación Unicaja para que vivamos momentos memorables un día de 2010.

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