jueves, 19 de noviembre de 2009

Cansancio o asombro



Afirma un noven amigo en su última columna que está cansado de casi todo: de leer lo mismo, de ver las mismas caras por todas partes, cansado de las personas con las que está de acuerdo y con las que discrepa; tal vez tenga la gripe A.

Y como está cansado ha escrito una columnita corta, pero sabrosa. Todos, de una manera u otra, estamos hartos de nosotros mismos, de caer siempre en los mismos errores y de contabilizar nuestros actos como negativos.

Cada veinticuatro horas nos levantamos con un “par” para hacerle frente al nuevo día que, fastidiosamente, viene a ser igualito que el de ayer, pero que tenemos la obligación de construirlo como nuevo, o pobre de nosotros. Cada quisque se enfrenta al nuevo día de forma diferente, pero tenemos que estar alerta no sea que caigamos en el tedio. Lavarse, hacer pipí y popó, desayunar, ir al tajo del intelecto o al del curro puro y duro, almorzar o lo que sea, pasar la tarde como si ésta no existiera, introducirse uno en el bucle de la noche, cenar o lo que sea e irse al camastro para mañana hacer lo mismo es, si uno no introduce en ese tránsito insólito de veinticuatro horas algún acicate que le sirva de entretenimiento, mortal de necesidad.

Ya comenté en cierta ocasión que Pessoa afirmaba que “la vida cotidiana es el más insoportable de los suicidios”, porque es un suicidio largísimo. Por ello, o nos vamos muriendo cada día un poco más, eso es el aburrimiento, o le echamos otro “par” y le ganamos el pulso con el que a diario nos topamos durante las eternas veinticuatro horas.

Me han puesto en bandeja mi copo, porque los que me conocen saben de mis lunes locos en los que dejo aparcado el tedio, soplo algo más de la cuenta y duermo menos de lo que debiera, pero, joder, que esté cansado mi amigo a su edad es una virtud que no debe pregonarse a los cuatro vientos en un digital.

Aunque mintamos, y de vez en cuando nos viene bien un soplido de no verdad, debemos alzar la cabeza en busca del asombro y abrazarnos a él aunque en ello nos vaya buena parte de lo que somos.

La palabreja no es “buscar” el asombro, pero si ponernos en sintonía para encontrarnos con él, pues cuando se consigue cualquier gaviota roja se posa en uno.

Lo que siempre digo, debemos encaminarnos a diario a la Plaza del Asombro.

2 comentarios:

  1. Qué maravilloso es asombrarse, o simular que uno se asombra para evadirse de ese cansancio, el de tu amigo, el mío, y el tuyo, y el de todos, un poco menos asombrados, unos, y los otros, pocos, quizá tu y yo y un par de ellos o ellas más, nos asombramos de esa cotidianidad, porque hasta el simple vuelo de una abeja revoloteando sobre el geranio del balcón, el sonido de la lluvia que ha llegado, la luminosidad de las tardes de otoño, las hojas que amarillean en el suelo, el viento que las barre sin aparatosos tecnicismos, el canto de un pájaro, la sonrisa de un niño, la aventura de éste en su cotidianidad donde todo es un mundo por descubrir, el dulce aroma que emana de la cocina de la vecina que hace pasteles en su lucha diaria por encontrar el acicate para hacer tolerable su existencia, el olor a cocido en la escalera, las ventanas abiertas de la casa de enfrente y de la nuestra, el detenerse a hablar con alguien de cualquier cosa, aunque nos tachen de locos, los comentarios en la tienda de la esquina, y en el bar de enfrente... toda esa cotidianidad si la miramos desde la perspectiva de los sorprendente, nos apabullará, nos contagiará de un virus que no será el A, pero puede que sea el ABCDARIO con el que construiremos todos los mundos imaginarios, por imaginar, reales o ficticios, para hacer de nuestra existencia algo llevadero sin dejarnos caer en el desánimo, ni en el aturdimiento de lo mil veces repetido, ni un sólo día se parece al anterior, y si así nos lo parece es porque no hemos aprendido a mirar como lo hacen los niños, y haber perdido esa perspectiva es habernos dejado vencer por la muerte que cotidianamente nos acecha en cada pliegue de nuestra piel, en cada segundo, en cada zumbido de esa abeja que aguijonea, ajena a nuestros estados anímicos y anémicos, con pasión sobre la dulce y tierna flor de los geranios que ofrecen su majar a su diosa LA NATRURALEZA.

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  2. En lo de los niños está la solución. Se quedan boquiabiertos ante el asombro que les depara cualquier nueva acción. Y lo nuevo, lo que nos asombra siempre, es el amor.
    Un abrazo

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