viernes, 30 de octubre de 2009

Miguel Hernández




El próximo 2010 se cumple el Centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández, el poeta del pueblo. Con él no hay una Memoria Histórica ficticia, sino que Miguel y su poesía siguen existiendo en las neuronas de todos los españoles, sean de uno u otro bando. La inmortalidad del poeta se consigue cuando sus versos permanecen claros, redondos y rotundos en todo un colectivo, y lo más importante, lea o no poesía, porque la poesía de Miguel Hernández es, esencialmente, música y ésta, la música, entra por los oídos y se cuela, valga la expresión, en el hombre culto o corriente.

Todos hemos tatareado o pensado aquello de “Carne de yugo ha nacido/ más humillado que bello” (El niño yuntero) o “¿Quién habló de echar un yugo/ sobre el cuello de esta raza” (Vientos del pueblo…) o “Temprano levantó la muerte el vuelo/ temprano madrugó la madrugada” (Elegía a Ramón Sijé) o “En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba” (Nanas de la cebolla) o “Andaluces de Jaén/ Aceituneros altivos/ decidme en el alma: ¿quién/ quién levantó los olivos” (Aceituneros).

Si es que un poeta tiene que ponerse una meta, detalle que desconozco, ésta debería ser que las futuras generaciones sepan, canten o reciten sus poemas. Y eso que parece tan difícil, el poeta de Orihuela lo ha conseguido plenamente. Un servidor de ustedes no puede evitar una sonrisa cuando se habla de tal o cual poeta, se rinden honores a su legado y si alguien, malintencionado, pregunta por uno de sus versos, por uno tan sólo, no hay respuesta porque no se recuerda, o diciéndole de forma más técnica, porque su poesía carece de musicalidad, o sea, no es poesía.

El régimen franquista, entre otras muchas barbaridades, condenó a muerte en 1940 a Miguel Hernández por “chivato traidor, escribir versos y ser el poeta del pueblo”, también por afiliarse al PCE e ir a combatir. Dicen los expertos que fue José María Pemán el que intercedió por él y consiguió conmutar la pena de muerte por la de 30 años de cárcel. A los dos años fallecía de tuberculosis en la cárcel de Alicante.

Sus familiares, sin gran algarada, a través de la Comisión para la Recuperación de la Memoria Histórica, han presentado dos iniciativas tendentes a que el Ministerio de Justicia repare y reconozca la condena injusta y para que se anule su condena a muerte.

Ojalá todo llegue a feliz término, pero no quiero finalizar estas línea sin agradecer a Pemán, o al que fuese, que la vida de Miguel Hernández, también su sufrimiento, se prolongase durante dos años, porque gracias a ello pudo escribir el milagro “Nanas de la cebolla”, ya saben: “…Vuela niño en la doble/ luna del pecho:/ él, triste de cebolla,/ tú, satisfecho./ No te derrumbes./ No sepas lo que pasa ni/ lo que ocurre.”

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