sábado, 19 de septiembre de 2009

La partida de póker






Este fin de semana es el último que paso con visos de normalidad, o sea, manifiestamente tedioso. El próximo, que ya estaré por esa ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia, será sorpresivo e intranquilo, novedoso por tanto.

No ya por la reiniciación de la liga de fútbol tras el parón de los partidos de la “roja”, que también, sino por el reinicio de las partidas de póker que nueve amigos celebramos sábado tras sábado en horario de seis de la tarde a diez de la noche saltando de casa en casa.

El póker es tan bonito, dice uno de ellos, que lo es hasta perdiendo. Es el único juego que no se puede jugar a garbancitos o habichuelas, tampoco es posible jugarse una convidada o una cena con las parientas, ni siquiera se puede jugar a pareja como en el santo dominó. Se trata en el póker de que uno, su corazón y su pasta juegan contra el resto.

Cada uno se monta la vida a su manera, yo entre ellos, pero no siempre estoy liado con la música y la lectura, con el ordenador y la columna, con la poesía y Miguel Briones, con el fútbol y la política, con el pampero y la tertulia, con el billar y el dominó, con la tele y el cine, con mi mujer y conmigo.

No nos jugamos las pestañas y tampoco la calderilla enmohecida del monedero; jugamos lo sensato, lo que mandan los cánones de la normalidad. El que más gana, si tiene la suerte de cara, trinca lo suficiente para hacer frente a los gastos extras de una semana, dos a lo más; entendiendo por extra un par de cenas de gañote y poco más. El que más pierde, si le viene el cenizo de frente, es el que abona las cenas al agraciado. Y el resto, pues ya ven, 50 o 60 o 70 euros de pérdidas o ganancias.

Pero lo bueno que tiene el bendito póker es que no existe una jugada igual a otra o un jugador idéntico a otro y si a ello se suma el “farol” como máxima expresión de un sano regocijo ante la extrañeza del otro, comprenderán ustedes, queridos lectores, que estoy deseando que den las seis de la tarde del próximo día 11 de este septiembre que se me antoja extraño.

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